Una misión que nació con un niño y hoy transforma colonias
Cómo los estudiantes y empleados de la Universidad de Montemorelos llevan la fe más allá del campus.
“Había un niño que se llamaba Yael”, recuerda Dianne Hernández, estudiante de Cirujano Dentista en la Universidad de Montemorelos. “Él me dijo que en su colonia había muchos niños interesados en escuchar historias de la Biblia y que le gustaría que fuéramos a hacer algo ahí”.
Era 2021.
Se llevó a cabo la primera visita y esta se convirtió en una actividad improvisada con unos 15 niños y, ese mismo día, en la decisión de iniciar un proyecto misionero sin saber hasta dónde llegaría.
Lo que siguió no fue inmediato ni espectacular, pero sí constante.
Mientras el grupo comenzaba a reunirse los sábados por la tarde, Misael Castro, docente de la Escuela de Terapia Física y Rehabilitación de la UM, también buscaba un espacio donde desarrollar trabajo misionero. La colonia Azahares, particularmente receptiva, se convirtió en ese punto de encuentro. Junto con estudiantes, amigos de la universidad y la familia de Dianne —miembros de lo que entonces era una iglesia filial—, el proyecto empezó a tomar forma.
“Arrancamos con una escuelita bíblica para niños”, explica Castro. “Cada sábado llegaban más. Empezamos con pocos y hubo momentos en que asistían hasta 80 niños, la mayoría no adventistas”.
El impacto pronto se reflejó fuera de las reuniones. Padres que notaron cambios en la conducta de sus hijos comenzaron a acercarse. A partir de ahí surgieron estudios bíblicos, acompañamiento espiritual y nuevas relaciones comunitarias. Lo que había iniciado como una actividad infantil se transformó en un proceso más amplio: adultos mayores del asilo Los Años Dorados, familias completas y niños que decidieron dar pasos de fe.
Con el tiempo, ese trabajo sostenido dio como resultado la organización formal de la Iglesia Adventista de Azahares, hoy con poco más de un año como iglesia establecida y con un templo en proceso de construcción.
Un elemento ha sido constante en esta historia, la participación de la comunidad universitaria. Estudiantes, empleados y egresados de la UM —arquitectos, docentes, ministerios universitarios— han aportado tiempo, conocimientos y servicio.
“Durante el semestre nos apoyan alumnos del ministerio JAM Kids, egresados de arquitectura y otros miembros de la universidad”, comenta Castro. “Lo que me mueve es ver la apertura de las personas y su interés genuino”.
Para Dianne Hernández, el trabajo con los niños sigue siendo el punto clave. “El terreno de los niños es muy fértil”, dice. “Son como esponjas. Nuestro objetivo es que un día todos ellos estén en el reino de los cielos”. En cinco años, las actividades se han diversificado, hemos hecho escuelitas bíblicas de vacaciones, campañas evangelísticas, rallies, torneos deportivos y espacios formativos para padres e hijos.
De Azahares surgió un segundo proyecto.
En la colonia Infonavit, fraccionamiento Los Nogales, la misión comenzó con una visita a una niña que se había mudado y a quien no se quería dejar sin acompañamiento espiritual. Era julio de 2021. Eunises Ruiz, quien trabaja en el departamento de Contabilidad de la UM, recuerda los primeros encuentros…. Cinco o seis niños, tres maestros, historias bíblicas, cantos y dinámicas sencillas.
El grupo creció. Se organizó un Club de Conquistadores —incluso reuniéndose bajo la sombra de un árbol— y los padres comenzaron a involucrarse. Para 2024, el proyecto se organizó como iglesia filial Jeriel, con un espacio fijo y su primera campaña evangelística. En 2025, el ministerio fue formalizado como Escuela Sabática.
Al igual que en Azahares, estudiantes y empleados de distintas áreas académicas de la UM se sumaron de manera constante, formando un equipo interdisciplinario enfocado en el servicio.
Ese espíritu colectivo se hizo visible en diciembre de 2025, cuando la Universidad de Montemorelos impulsó una campaña interna de recolección de juguetes. La convocatoria, dirigida a todo el personal universitario, invitaba a llevar un regalo nuevo y envuelto a la cena navideña de empleados.
La respuesta superó lo esperado, 131 regalos recolectados. Cincuenta fueron destinados a la filial Jeriel y 82 al proyecto de Azahares.
“Nosotros no teníamos recursos para hacer un programa navideño”, reconoce Dianne Hernández. Gracias a las donaciones, se organizó una celebración con padres y niños, una obra teatral, villancicos, manualidades y un espacio de convivencia comunitaria.
“Ver la felicidad en los niños fue algo que me llenó el corazón”, comenta Daniel Hernández, estudiante de Medicina en la UM y director de jóvenes en la Iglesia de Azahares. “Cada niño se llevó el mensaje de que la Navidad recuerda que el Salvador vino para darnos salvación”.
Más allá de cifras o actividades, estos proyectos reflejan una convicción compartida dentro de la comunidad universitaria de que la misión no se limita a los espacios formales del campus. Se vive, se practica y se extiende de manera natural hacia las comunidades cercanas, como coinciden los involucrados.
“Servir a Dios con los talentos que nos ha dado es lo más importante”, afirma Eunises Ruiz. “Gastarnos en su servicio es saber vivir”. Una idea que se repite en las voces de quienes, desde su rol como empleados, estudiantes o egresados de la UM, han decidido responder a necesidades reales con acciones concretas.
Cinco años después de aquella primera escuelita improvisada, la historia continúa escribiéndose cada sábado, en cada actividad, y en cada niño que encuentra un espacio de cuidado, aprendizaje y esperanza. Una misión que comenzó con un niño, y que hoy sigue transformando comunidades enteras.
Reportera de campo: Lisandra Vicente, editora: Brenda Cerón.






