Formando misioneros
Conoce un poco sobre Keila Valenzuela, quien encontró su misión en ayudar a otros a prepararse para la suya.
“La vida solo tiene sentido cuando se sirve”… es lo que dice Keila Valenzuela después de catorce años en el servicio misionero.
Egresada de la licenciatura en Educación Preescolar de la UM en el 2007, Keila es hoy la directora de un centro de entrenamiento para misioneros. La entrevistamos para saber más de su historia y cómo había llegado hasta ahí, y esto es lo que nos contó:
Como muchos jóvenes adventistas, impresionados por las historias misioneras que escuchan desde pequeños, Keila tenía el deseo de ser misionera algún día. Finalmente, a pocos meses de graduarse como educadora en la Universidad, llegó una invitación para unirse a un proyecto misionero apoyando a una escuela en la selva boliviana para jóvenes en estado de riesgo.
Keila se apuntó y pocos meses después llegó a esa institución a servir como maestra de secundaria y preparatoria, y preceptora del dormitorio de señoritas.
Mientras prestaban su servicio misionero, Keila y otros jóvenes que laboraban también en esa institución, se dieron cuenta que podían llevar su aporte a otro nivel ayudando a que quienes llegaran como misioneros estuvieran mejor preparados para los desafíos que el trabajo misionero supone, ya que varios de los misioneros que conocían o que llegaban a ese lugar, desistían antes de siquiera cumplir con el tiempo estimado.
“Había muchos desafíos en recibir misioneros, porque no venían con una mentalidad correcta, no estaban preparados para lo que tocaba enfrentar. La vida misionera tiene grandes desafíos”.
Keila y sus compañeros llevaron a cabo el proyecto, por lo que aunado a las responsabilidades que ya tenía, comenzó a colaborar en la capacitación y entrenamiento de misioneros que habían desertado de algunos proyectos, los cuales llegaban a Bolivia y permanecían ahí durante un tiempo.
Al ser este último un proyecto que requería de más tiempo y esfuerzo, Keila debió suspender sus otras labores como misionera para dedicarse por completo al entrenamiento de los misioneros.
A principios de 2011 viajó a Belice, el lugar escogido para la creación del centro de entrenamiento, debido a su ubicación y accesibilidad para todo el continente Americano. Ahí pasó un año trabajando con los hermanos de la Iglesia en la organización de la estructura de la escuela, la búsqueda del terreno y la preparación de los por menores.
Jeff Sutton, piloto misionero, y su familia, participaron con Keila en la inauguración de las actividades del centro de entrenamiento en 2012, al cual colocaron por nombre MOVE: Missionary Outreach Volunteer Evangelism. Ese primer año, seis misioneros de base atendieron el lugar y dieciocho alumnos se graduaron al completar el curso.
Cada año MOVE imparte dos cursos de tres meses, el básico y el avanzado, en los que se enseñan habilidades prácticas y de evangelismo. Al finalizar el curso, el alumno tiene que cumplir un mínimo de seis meses de servicio misionero para poder graduarse.
“MOVE promueve el aprendizaje multidisciplinario de los alumnos, permitiéndoles adquirir herramientas para servir en diversas áreas. Por eso, si bien se les enseña a dar estudios bíblicos, dirigir grupos pequeños y predicar, también aprenden a cortar el cabello, atender emergencias de primeros auxilios, agricultura y mecánica”.
“Nuestro objetivo no fue crear un lugar donde la gente se quedara, sino uno donde la gente pasara, se entrenara y siguiera adelante, abriendo la obra en diferentes lugares”.
Durante los diez años que Keila ha fungido como directora del centro, ha viajado a Colombia, Cuba, Guatemala, Nicaragua, Perú y México, para colaborar con diversos proyectos, exponer seminarios de misión e impartir asesorías y entrenamiento para equipos misioneros.
“Ser misionero es rendirse al Señor completamente, dejarle a Dios los controles de nuestra vida, para que Él haga lo imposible a través de nosotros. El Señor tiene una vida sorprendente para aquellos que viven para Él”.
Keila está convencida de querer permanecer como misionera toda su vida. “Para mí ser misionero no es simplemente ir a un lugar, es un estilo de vida y quiero hacerlo hasta que Dios me permita la vida”.







