¿Te avergüenzas del evangelio o te afirmas en la fe?
En un mundo que normaliza lo contrario a Cristo, vivir el evangelio con convicción exige fe, disciplina y una relación diaria con Dios.
¿Por qué será que Pablo, en su carta a los romanos, inicia con la declaración: “No me avergüenzo del evangelio” (Romanos 1:16)?
Desde mi punto de vista, Pablo hace esta afirmación porque, así como hoy existen muchas opciones para formar nuestra línea de pensamiento o cosmovisión, me imagino que en sus tiempos era igual. Había distintas ideas y filosofías en circulación, múltiples formas de ver el mundo.
Y al parecer, en ambos tiempos — el de Pablo y el nuestro — el evangelio de Cristo no es precisamente lo más popular. Da pie a burlas, etiquetas, y muchas veces va en contra de las líneas de pensamiento predominantes.
Si me hago llamar cristiano, pero no alimento mis creencias ni experimento una relación sólida con Dios; si no estudio su Palabra, no oro, no reflexiono ni me dejo guiar por el Espíritu Santo; si no tomo tiempo para contemplar la vida y las enseñanzas de Cristo; si creo que sé más que Dios y no busco con humildad su consejo… entonces dos cosas pueden pasar:
1. Comprometo mis creencias. Esto sucede cuando trato de hacer que el evangelio coincida con las corrientes filosóficas del mundo. Intento adaptarlo, moldearlo para que encaje con lo que se predica afuera. Pero, al hacerlo, el evangelio pierde su esencia y se queda solo con el nombre. Dejamos de vivir lo que representa, y por lo tanto, dejamos de compartirlo.
2. Me avergüenzo. Sentir vergüenza del evangelio es producto de la costumbre. Si soy cristiano solo por costumbre y no por convicción, cada vez que el mensaje de Cristo entre en conflicto con la cultura o el pensamiento popular, optaré por callar. Evitaré hablar del evangelio para no quedar mal con los demás.
Ahora bien, hay dos características que pueden ayudarnos a no avergonzarnos del evangelio:
•Fe. Se dice fácil, pero no lo es. Ejercer fe es mantenerse firme aunque toda la evidencia visible diga lo contrario. La fe no se hereda, se construye. Y se construye a través de experiencias. Para poder confiar en Dios, necesitamos experimentarlo en nuestras vidas.
•Disciplina. Aunque muchos piensan lo contrario, la disciplina es liberadora. Sin disciplina, somos esclavos de nuestros deseos. Y los deseos no tienen fin. El ser humano, en su estado natural, se inclina al mal, porque vivimos en un mundo de pecado. Hacer lo correcto, a pesar de lo que sentimos o deseamos, es la única manera de alinearnos con el evangelio.
La buena noticia es que podemos pedirle a Dios que haga en nosotros “tanto el querer como el hacer”.
El evangelio de Cristo es de salvación y para salvación. Y si sabemos que este mundo va de mal en peor, si entendemos que la única solución definitiva es que Cristo regrese, y si creemos que Él vendrá pronto… ¿por qué no compartirlo?
Pero para compartir el evangelio, primero necesitamos vivirlo.
Y para vivirlo, debemos depender totalmente de Cristo: cada día, pasar tiempo con Él y dejarnos instruir por su Espíritu.
Editora: Laura Marrero y Brenda Cerón.






