¿Hablar o hacer? ¡Hablar y hacer!
Coherencia para compartir a Cristo.
Para conocer realmente a alguien basta con observar qué dice y qué hace esa persona, y esto requiere tiempo. El tiempo revela la coherencia entre estos dos aspectos. Lo que una persona dice es su carta de presentación, pero las palabras necesitan ser respaldadas por acciones.
Por ejemplo, si llego a un lugar y digo que soy cantante, deportista, doctor, ingeniero o cualquier otra cosa, eventualmente mis acciones deben coincidir con mi discurso.
Es curioso porque una persona puede engañar con lo que dice, pero las acciones no mienten. Todo lo que decimos será finalmente comparado con lo que hacemos, y solo cuando el discurso coincide con las acciones es que se llega a conocer verdaderamente a una persona.
En el relato bíblico del libro de Hechos, capítulo 19, Pablo, Timoteo, Erasto y otros cristianos eran bien conocidos en el territorio de Asia. Ellos divulgaban el evangelio de Jesús y sus acciones respaldaban su discurso.
Había personas que ya eran creyentes, pero no conocían el evangelio completo. Entonces, estos hombres lo compartían, incluyendo a Jesús en la ecuación, y la gente lo aceptaba y era bautizada, no solo con agua sino en el nombre de Jesús.
Esto fue posible porque estos hombres vivían el evangelio de Cristo y eran coherentes en lo que predicaban y hacían. Las acciones de estos discípulos en el nombre de Jesús eran tan notables que algunos quisieron imitarlas, pero lo hacían por moda, buscando popularidad. Pablo, en su carta a los Filipenses, habla de esto: “Algunos, a la verdad, predican a Cristo por envidia y rivalidad.” (Filipenses 1:15). Eventualmente, estos imitadores fracasaban, ya que se volvía evidente que su discurso no coincidía con sus acciones.
El texto del libro de Hechos pone en evidencia el conflicto en el que estamos sumergidos hoy en día. El enemigo (Satanás) trabaja incansablemente para entorpecer el avance del evangelio de Cristo, y si pretendemos estar en el equipo de Cristo, debemos asegurarnos de que nuestras acciones coincidan con nuestro discurso. No podemos ir en el nombre de Jesús si no tenemos a Jesús en el corazón. Esta discrepancia se vuelve tan evidente que hasta los espíritus del mal exponen a quienes solo pretenden, como les sucedió a los imitadores del relato mencionado (ver. 14 y 15).
La respuesta a quiénes somos será evidente con el tiempo. Si somos seguidores de Cristo, nuestras acciones deben ser coherentes con el evangelio que predicamos. Si queremos ser seguidores de Cristo, debe ser basado en una relación real y diaria con Él. Si solo seguimos a Cristo por moda o interés egoísta, hasta los espíritus malos evidenciarán nuestra hipocresía.
Editora: Laura Marrero y Brenda Cerón.






