Pecado, Ley y Gracia: el plan divino para salvarnos
Aunque Dios exige obediencia, ya sabía que fallaríamos; por eso proveyó a Cristo como nuestro abogado y redentor.
En este mundo hay un verdadero problema…
Por un lado, Dios instituyó una Ley moral que no tiene caducidad y que debemos cumplir como hijos de Dios.
Por otro lado, nuestra naturaleza tiende al mal incesantemente. No somos buenos. El apóstol Pablo escribió:
“Como está escrito: No hay justo, ni aun uno” (Romanos 3:10).
Entonces, estamos en un verdadero dilema: hay que cumplir la Ley, pero somos incapaces de hacerlo.
Leyendo el capítulo 4 de Levítico, me doy cuenta de que el pecado, al no poder cumplir la Ley, ya está pronosticado.
Dios sabe que no podemos cumplir la Ley en su totalidad y todo el tiempo. Vamos a cometer errores. ¡Vamos a pecar!
Pero, de acuerdo con el pasaje bíblico, cuando se trata del pecado, hay dos constantes que deben funcionar al mismo tiempo:
1. Reconocer que he pecado.
La Ley de Dios no puede ser menospreciada, no puede ser reducida. La Ley fue vigente ayer, lo es hoy y seguirá siendo mañana.
Por lo tanto, si actuamos en contra de la Ley, estamos pecando… y hay que reconocerlo, sin justificarlo.
Si me equivoco, debo reconocerlo.
Gran parte del problema del pecado es que lo justificamos. Y el profeta Isaías advirtió:
“¡Ay de los que a lo malo dicen bueno y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!” (Isaías 5:20).
2. Ir a Cristo.
La única solución al pecado es Cristo, es su sangre.
Esto fue representado desde los tiempos del pueblo de Israel y sigue siendo vigente hasta hoy.
El apóstol Juan escribió:
“Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis. Pero si alguno ha pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo, el justo.” (1 Juan 2:1).
Debemos, con la ayuda de Dios, cumplir la Ley.
Pero si fallamos, hay que reconocerlo e inmediatamente refugiarnos en Cristo, el Cordero de Dios.
“…El sacerdote la hará arder en el altar sobre la ofrenda quemada a Jehová. Así hará el sacerdote expiación por el pecado que haya cometido, y será perdonado.” (Levítico 4:35).
Editora: Laura Marrero y Brenda Cerón.






