¡Deja que Dios cambie tu corazón!
Comprendiendo cómo nuestra experiencia con Cristo facilita la obra transformadora del Espíritu Santo.
Vivimos en una sociedad relativamente “cómoda” espiritualmente, ya que reconozco que hay lugares en el mundo en donde la libertad religiosa no es cómoda. Tenemos libertad de conciencia, libertad de culto… y, aunque nosotros que gozamos de estas libertades, debemos agradecer a Dios constantemente por ellas, pienso que esto nos podría hacer especular de dónde viene realmente el poder de cambiar el corazón de las personas.
Es muy interesante la situación que le tocó vivir a Pedro y a los otros judíos que lo acompañaban, en la historia que leemos en Hechos 10:34–48. Por un lado, obedecieron a Dios al ir y predicar el evangelio a gentiles (gente que no era judía), pero podemos notar las reservas que tenían al hacerlo. El sorprenderse por la manifestación del Espíritu Santo sobre personas que no eran judías, dice mucho sobre las expectativas que ellos mismos tenían. La predicación de Pedro no fue algo espectacular, como tampoco nosotros tenemos nada espectacular en nosotros para limitar al Espíritu Santo que descienda sobre cualquier persona. No nos corresponde esta parte del evangelio.
Si ponemos atención a todo lo que realmente estaba pasando, podemos concluir que cuando Pedro llegó a la casa de Cornelio, el Espíritu Santo ya había hecho el trabajo en el corazón de las personas que habían de escuchar el evangelio. Y podríamos preguntarnos: si el Espíritu Santo ya había hecho ese trabajo, ¿por qué pedirle a Pedro que fuera? Esto es porque, por alguna razón, en el plan divino de dar a conocer a Cristo a todas las personas, Dios nos ha otorgado el privilegio de compartir nuestra experiencia, ser testigos y presentar a Cristo como una opción… la opción que trae paz y salvación a todas las personas, ¡sin excepción!
No somos nosotros, no es nuestra capacidad de hablar, no son las formas que convencen… es el Espíritu Santo que obra en el corazón de las personas. Tanto que gastamos recursos y tiempo en “planear” formas, cuando lo único que tenemos que hacer es ¡presentar a Cristo!
Lo que sí resalta de Pedro y su predicación es que él era testigo. Pedro había vivido lo que predicaba, había experimentado en muchas formas el amor de Cristo hacia él, había caminado con Cristo y había aprendido de Él. Por lo que, cuando le llegó el momento de predicar, él dijo lo que había vivido y esto es precisamente en lo que debemos concentrarnos.
Caminar con Cristo, aprender de Él, vivir por Cristo y reflejar su amor, es lo que nos toca hacer a cada uno de nosotros. Testificar lo que hemos vivido con Cristo es la mayor y única herramienta que se nos pide al cumplir la misión de predicación del evangelio. Respecto al cambio de corazón de las personas… eso le toca al Espíritu Santo; y, si le damos ese lugar a Dios, tendremos el privilegio de ver, en primera fila, como el Espíritu Santo transforma vidas para gloria de Dios.
Editora: Laura Marrero y Brenda Cerón.






