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¿Será la Biblia importante en la educación de los niños?

Las historias de la Biblia como base para educar a tus hijos durante sus primeros 7 años.

Foto de Envato Elements
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“Las Sagradas Escrituras son la norma perfecta de la verdad y, como tales, se les debería dar el primer lugar en la educación. Para obtener una educación digna de tal nombre, debemos recibir un conocimiento de Dios, el Creador, y de Cristo, El Redentor, según están revelados en su Palabra”. 

Elena G. White, La Educación, p. 16.

Dios ha puesto en nuestra “mochila de la vida” cuatro libros de texto para cumplir con los requisitos de la “escuela preparatoria” de esta Tierra y por la que todos deberíamos pasar: la Biblia, la naturaleza, las dificultades y el servicio abnegado. En ese sentido, la Biblia es el principal de estos textos porque sin ella, no podríamos entender las lecciones que aparecerán -en su debido momento- en los otros tres libros.

La Palabra de Dios debe ser la base de la educación en todos los escenarios: el hogar, la escuela y la iglesia; ya que es la regla de vida que nos enseña sobre el carácter que debemos formar para la vida en el cielo, pues las lecciones que encontramos ahí se pueden adaptar a nuestras vidas para que entendamos mejor el tema de la salvación, del que cada uno debe investigar con fuerza y decisión.

El salmista lo dice en un bello lenguaje metafórico: “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh, Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo” (Salmo 42: 1 y 2). Por otro lado, el apóstol Pablo escribiendo a Timoteo, dice: “Toda la escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:16 y 17); y el consejo claro y directo de Jesús, cuando estuvo en esta Tierra, registrado en el Evangelio según San Juan 5: 39 fue: “Escudriñar las escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí”.

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Cuando hablamos de educación, generalmente consideramos que se trata de la instrucción que se imparte en una institución educativa (desde el nivel elemental hasta el nivel superior) o que únicamente los niños y jóvenes la necesitan; sin embargo, la educación es de gran importancia para todos -sin importar nuestra edad-, ya que en realidad vivimos en continuo aprendizaje, mediante lecciones que nos forman y que son un medio para nuestra verdadera transformación. La escritora cristiana Elena G. White, en su libro La Educación (página 13), define este término como “el desarrollo armonioso de las facultades físicas, mentales y espirituales” con la finalidad de “servir en esta tierra y para un gozo superior proporcionado por un servicio más amplio en el reino de los cielos”.

A mi parecer, muchas familias aspiran a tener una buena y verdadera educación, entendiendo por esta la que proviene de Dios; y es justo en el hogar en donde se reciben las primeras lecciones que se convertirán en los pilares de un carácter firme y fuerte para enfrentar los desafíos de la vida, como son: la obediencia, el dominio propio, el respeto y la reverencia. Ese carácter debe, además, ser sensible a la voz de Dios y a las necesidades del prójimo; pero esto sólo puede ser posible si se toma como base la Palabra de Dios.

La historia bíblica nos ofrece numerosos ejemplos de los resultados de la verdadera educación, como: Dos de los más grandes estadistas: José y Daniel, honrados en una nación pagana; el más grande legislador, Moisés, quien habló cara a cara con Dios; Eliseo, considerado uno de los reformadores más fieles ante el pueblo de Dios descarriado; y Pablo, el gran evangelista y escritor bíblico que tuvo que testificar ante reyes y gobernantes del gran imperio romano. En esta lista general de biografías notables, no podemos dejar de lado a Jesús, quien habló como ningún hombre ha hablado. Todos ellos mostraron en su vida de adultos la fidelidad con la que se les educó en sus primeros años, en hogares piadosos y temerosos del Dios viviente. En esos hogares se les enseñó a amar y a temer a Dios, así como a obedecer y reverenciar el nombre del Altísimo, dando como resultado una inigualable capacidad mental y espiritual.

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Es por eso que el uso de las historias bíblicas en la educación de los niños ejerce una tremenda influencia sobre ellos, al igual que el ejemplo de sus padres; siempre y cuando estos tengan una relación de confianza y dependencia en Dios que quieran transmitirle a los hijos. Isaac obedeció con humildad la voz de su padre para ser el “cordero” que debía ser sacrificado en el Monte Moriah porque estaba seguro de que Abraham caminaba con Dios y que ese mandato era de carácter divino (Génesis 22:1-14).

“Si los padres dan la debida educación a sus hijos, experimentarán ellos mismos felicidad al ver, en el carácter cristiano de sus hijos, el fruto de su cuidadosa enseñanza". 

-Elena G. White, Hogar Cristiano, p. 483.

Por otro lado, en toda aula de clase de los colegios adventistas debe tomarse a la Biblia como el libro de texto principal. Los maestros deben permitir que los estudiantes se familiaricen con ella, que la lean y la entiendan; y además, inducirlos a obtener enseñanzas para la vida diaria.

Los padres, maestros y líderes religiosos deben considerar que el objetivo primario de la educación es conocer a Jesús y experimentar andar en su camino; el fin secundario es la formación del carácter digno de un ciudadano de la Patria celestial; y, el fin último, convertirse en un discípulo para cumplir con la misión de Cristo.

Que Dios nos ayude en esta noble tarea y bendiga los esfuerzos de usar su Santa Palabra como base para la verdadera educación de nuestros niños y jóvenes.

Lorenzo Tello

Autor
Jubilado de la Universidad de Montemorelos y ex director de la Facultad de Educación.
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