La disciplina en el hogar
Su importancia y sus desafíos.
Hablar de disciplina no es fácil ni hay tantos escritores que se atrevan a hacerlo, pero es tan importante hoy como en el pasado. Probablemente, la posmodernidad nos ha cambiado el concepto sobre este tema, tomando la conducta de manera muy relativa y subjetiva: cada uno es su propio juez y si te sientes bien con lo que haces y cómo lo haces, eso es correcto. Al respecto, la autora Rosa Barocio menciona que la apatía es una enfermedad de nuestro tiempo, especialmente en los niños que pasan a la juventud y a la vida adulta con esa actitud, buscando lo más fácil, lo más cómodo, lo intranscendente; sin un propósito para su vida. A estos niños no les interesa conducirse bajo ninguna disciplina ni en casa ni en la escuela, lo que causa un ambiente de mucha tensión y poca cordialidad.
El diccionario de la RAE (Real Academia Española) define la palabra disciplina como doctrina e instrucción de una persona, especialmente en lo moral. En el pensamiento de la autora cristiana Elena de White, se presenta el concepto dentro de la finalidad: la disciplina es que el niño llegue a gobernarse a sí mismo. El principio siempre se ha de cuidar, sobre todo en esta época en la que por la tecnología y la comunicación tenemos acceso a más información que podemos aplicar, especialmente en los métodos de educar para que el niño verdaderamente llegue al autocontrol como motor de la disciplina.
Además, tanto los padres como los hijos deben reconocer que la obediencia es uno de los principios básicos en la educación. Los niños deben crecer con una figura de autoridad a la cual dar cuentas de sus actos, y reconocer esa figura en sus padres y en sus maestros; pero los padres y maestros, a su vez, deben reconocer que la autoridad divina está por encima de todo. Bien lo dice la Palabra de Dios: “El principio de la sabiduría es el temor de Jehová; los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza” (Proverbios 7:1). El modelaje de los padres es de suma importancia, por la trascendencia en el estilo de vida de sus hijos cuando estos tengan la capacidad de decidir para administrar la disciplina.
Frente a este dilema se deben considerar otros factores profundos que repercuten en la conducta de las personas. Recordemos el principio de herencia y medio ambiente: las influencias prenatales y la genética (que por herencia se nace con cierta tendencia); así como el entorno en el que se desarrolla el niño. Estos aspectos pueden conjugarse de tal manera que pueden ser de gran bendición o pueden afectar de manera negativa para el desarrollo armonioso de las facultades físicas, mentales y espirituales.
Ante el gran desafío de educar con disciplina, los padres han de considerar -con oración- el temperamento del niño; ser perseverantes, así como buscar información apropiada y estar presentes en las diferentes etapas del desarrollo de los hijos. Se deben establecer límites y hacer que los niños se desarrollen dentro de ellos, mediante reglas. Hablando de esto, la autora White tiene esta frase memorable: “El exceso de reglas es tan malo como la falta de ellas”. Cuando los niños son pequeños, los padres son la conciencia del niño, son quienes establecen las reglas y con amor las hacen cumplir; sin embargo, a medida que el pequeño crece, crece también su propia responsabilidad en la formación de su carácter.
En 1 Tesalonicenses 5:21 y en Filipenses 4:8, el apóstol Pablo nos enseña que debemos darle libertad a los hijos para actuar dentro de ciertos límites y guiar con paciencia sus acciones, tanto con amor como con estricta disciplina, evitando el control excesivo. Así como también nos insta a fortalecer su voluntad y su razón para que sus decisiones, a medida que crecen, sean correctas y se alineen a todo lo que es verdadero, puro y noble; así como haciendo todo aquello que es de buen nombre. La autora White, en otro de sus escritos, menciona que los niños y jóvenes necesitan aprender a ser fuertes y a conducirse con madurez.
Los principios establecidos en el hogar y en la escuela durante los primeros años de la vida trascienden a la edad adulta y, si queremos mejores ciudadanos para esta tierra y candidatos para el cielo, no podemos descuidar nuestra responsabilidad como padres y maestros temerosos del único Dios viviente.






