Milagros en el Amazonas
Más que la mejor experiencia de mi vida, fue la experiencia que cambió mi vida. En un territorio donde las niñas sufren de tráfico sexual y los niños trabajan en los campos cortando madera para recibir a cambio alcohol como método de pago, mi objetivo como voluntaria en las aldeas del Río Amazonas no era combatir el hambre física, sino la emocional.
De pequeña siempre soñé con ser misionera, pero conforme las oportunidades de la vida se presentaban y mi desarrollo académico crecía, mis planes de vida cambiaban, hasta que un día decidí “Sí, quiero servir a Dios toda mi vida, pero no quiero ser misionera”.
La Fundación Smiles, organización sin fines de lucro que lleva a cabo proyectos sociales, campamentos educativos, viajes misioneros y eventos de servicio a la comunidad en más de doce países, llevó a cabo un concurso durante una semana de oración en la Universidad de Montemorelos -donde egresé de la Licenciatura en Comunicación y Medios- impartida por el pastor Gustavo Squarzon, fundador de la organización. El premio consistía en dos inscripciones gratis para participar en una semana misionera en Perú.
Gracias a la motivación de mis amistades decidí participar, pero al finalizar la semana mi nombre no estaba entre los dos ganadores; sin embargo, ocurrió el primer milagro, decidieron otorgar un tercer premio, el cual, fue para mí. ¿Iría realmente al Amazonas? ¿Qué era lo que me motivaba… conocer o el servicio misionero?
Meses antes de obtener el premio había comenzado mi servicio social, el cual, sin saberlo, me había estado preparando para esta experiencia, puesto que tenía asignado escribir crónicas sobre experiencias misioneras; las cuales me habían puesto a reflexionar ¿debería reconsiderar mi decisión de no ser misionera?
El 22 de julio de 2022 aterricé en Sudamérica y, tras navegar más de dos horas por el Río Amazonas, llegué a Indiana, Perú, donde está establecida la base del campamento Smiles.
Las comunidades del Amazonas no sufren de hambre, ya que gozan de la fertilidad de los cultivos y la pesca, su verdadera necesidad es la atención emocional. “Que alguien venga y les tire un kilo de arroz o frijol, eso lo hacen los políticos, pero que vengas y compartas un mensaje y experiencia con ellos, eso lo cambia todo”, comentó Squarzon.
Durante la semana del campamento me tocó dirigir el taller de juegos para los niños, enseñándoles valores como la honestidad, el trabajo en equipo y la confianza. Además, por las noches, junto al pastor Misael Castañeda, pastor de la Iglesia Universitaria, me tocó organizar los cultos de adoración, realizando dinámicas, dirigiendo cantos y haciendo invitaciones para que los niños quieran conocer más a Dios.
Ese momento en que ves a los pequeños derramando lágrimas por la falta de un papá o una mamá, por estar viviendo una situación que no les agrada o porque se han dado cuenta que tienen un propósito en la vida, ese es el momento en que te das cuenta que todo ha valido la pena, y que si viajaste desde lejos sólo para enseñarles a esos niños que Dios los ama y que tiene un plan para sus vidas, esa es la mejor recompensa.
Por otro lado, tuvimos la oportunidad de conocer a la tribu de los Boras, los cuales han aceptado a Cristo en sus vidas; fue una experiencia extraordinaria en que vimos por manifiesto el alcance que ha tenido el evangelio. Además, en dos ocasiones tuve la oportunidad de acompañar al equipo que realizaba brigadas en las comunidades, brindando atención médica y odontológica.
La semana no pudo concluir de mejor manera. Sin tenerlo planeado, ocho personas tomaron la decisión de entregar sus vidas a Dios a través del bautismo. Si eso no es un milagro, entonces, ¿qué lo es?
Pudo haber sido sólo una semana, pero para mí fue más que eso. Fue la experiencia que hizo que me diera cuenta que aún queda mucho por hacer con la misión, que hay muchos niños, jóvenes y adultos alrededor del mundo esperando por un mensaje de esperanza y ¿quién les llevará ese mensaje sino aquellos que conocen la verdad?
Sí, quiero servir a Dios toda mi vida y sí, quiero ser misionera. ¿Una semana, un año, toda la vida, viajando o el lugar donde estoy? No lo sé. Pero así como el lema de la Fundación Smiles lo dice, yo también quiero cambiar el mundo “con una sonrisa a la vez”.
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