UM
Conectando

“Hasta que Dios diga” - parte I

La familia Peniecook Pimentel ha dedicado su vida al servicio misionero viajando a diversos países para compartir salud y esperanza.

Desde hace años la familia Penniecook Pimentel, han dedicado sus vidas al servicio misionero en otros lugares del mundo. Fotografía por: Cesiah Penniecook.
Desde hace años la familia Penniecook Pimentel, han dedicado sus vidas al servicio misionero en otros lugares del mundo. Fotografía por: Cesiah Penniecook.

Decidir ser misionero para toda la vida, significa que no tendrás un lugar fijo dónde establecerte, pero también que tendrás la oportunidad para presenciar los múltiples milagros de Dios. Esa fue la decisión que tomó la familia Peniecook Pimentel, quienes han servido en México, Angola, Zambia, Lesotho y, actualmente en Ruanda.

La historia comienza con Arnoldo Penniecook, quien al terminar la carrera de medicina en la Universidad de Montemorelos (UM) decidió dedicar un año al servicio misionero. En 1998, él junto a otros compañeros egresados, aceptaron participar en un proyecto dirigido por la Agencia Adventista de Desarrollo y Recursos Asistenciales (ADRA), en Malanje, una provincia de Angola, África.

Durante su estancia ahí, Arnoldo colaboró en la parte administrativa y atención médica de un hospital, apoyó los programas de vacunación y de atención infantil de los centros de salud de la zona; además, participaba en jornadas de distribución de alimentos dirigidas por la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Durante ese año en Angola, Arnoldo experimentó la adrenalina del trabajo voluntario en tiempos de guerra, la falta de electricidad e incluso se contagió cuatro veces de malaria; pero nada de eso suprimió sus deseos de volver al campo misionero.

Una compañía para la misión

Arnoldo volvió a la UM para estudiar la especialidad en Oftalmología, tiempo en el que conoció a la entonces estudiante de maestría en Administración, Cesiah Pimentel, quien se volvería no sólo su compañera de vida, sino también su compañera en la misión.

No sabían cómo ni en dónde, pero aún siendo novios y estudiantes, resolvieron que irían juntos, como matrimonio, a servir, y en el 2004 viajaron para el que sería su hogar durante los próximos cinco años: Zambia.

El equipo de última generación que recibió la escuela de Ruanda para recibir la primera generación de estudiantes. Fotografía por: Ministry of Health Rwanda.
El equipo de última generación que recibió la escuela de Ruanda para recibir la primera generación de estudiantes. Fotografía por: Ministry of Health Rwanda.

“Al viajar recordaba que al salir de Angola le había dicho a Dios que deseaba volver al campo misionero, pero que me guiara a un lugar donde pudiera llevar a mi familia, donde no hubiera guerra y pudiera proveerles seguridad. Y así fue, por lo que no podía estar más agradecido con el Señor”, relató en la entrevista Arnoldo.

En Zambia, Arnoldo apoyó en la atención médica oftalmológica, mientras que Cesiah trabajaba en la administración del hospital. “No importa en qué área del hospital trabajes, pero ver el resultado del trabajo en equipo, que alguien recobre la vista y se ponga a cantar y alabar a Dios, eso es muy impactante”, comentó extasiada Cesiah.

Pasados los cinco años, en 2009, alistaron sus maletas y viajaron a Lesotho, donde Dios les había hecho un llamado. Como en Lesotho ya existía un centro de oftalmología, su trabajo consistió en desarrollarlo a tal punto que se convirtiera en un instituto.

El HEC y el Consejo Médico y Dental de Ruanda realizado una visita de inspección a los nuevos equipos. Fotografía por: Ministry of Health Rwanda.
El HEC y el Consejo Médico y Dental de Ruanda realizado una visita de inspección a los nuevos equipos. Fotografía por: Ministry of Health Rwanda.

En Lesotho, desarrollaron un programa de capacitación a docentes para identificar las necesidades de los alumnos, realizaron campañas de detección de cataratas en las aldeas circundantes, e incluso prepararon jóvenes para que fueran a prepararse académicamente en la UM y volvieran a servir en su país.

No es necesario ir lejos para servir

Al regresar a México en 2013, ya contaban con dos nuevos integrantes en la familia, los pequeños Justas y Jared. Arnoldo trabajó en la Escuela de Medicina de la UM y en el Instituto de la Visión, mientras que Cesiah trabajó en el Hospital La Carlota.

Al llegar a México, los Penniecook no dieron por terminada su vida misionera; por el contrario buscaron formas de seguir contribuyendo en la misión, así que fundaron el programa Salud Global, con el que se enviaron a alumnos y profesionales a diversos lugares a servir en el área de la salud; y participaron en diferentes proyectos misioneros en el país.

“Uno puede pensar que se tiene que ir lejos para servir, pero en nuestros propios países hay muchos lugares donde todavía hay necesidad”, afirma Cesiah.

La aventura misionera de esta familia no ha terminado. Mientras los Penniecook aún laboraban en México, Dios les presentó una nueva misión a lo que ellos respondieron: “Continuaremos en la misión hasta que Dios diga”.

Conoce el trabajo que realiza esta familia actualmente en un país lejano, en la segunda parte de esta historia. Espérala la próxima semana en la sección “Yo iré”.

Lili Pimentel

Autor
Egresada de Comunicación y Medios por la Universidad de Montemorelos.
Ver más