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Lecciones aprendidas de la pandemia, parte II

Hoy, más que nunca, hace falta la oración sacerdotal de aquellos que decimos creer en un Dios Todopoderoso.

El mundo ha quedado paralizado frente a la amenaza del mortal virus de la Covid-19. La desesperación, la angustia y la incertidumbre frente al futuro, se ciernen sobre la humanidad, mientras se espera con ansias el resultado de las vacunas que en los laboratorios del mundo, especialmente de los países desarrollados, se están elaborando. Por otro lado, los hombres y mujeres de blanco, vestidos como astronautas, se mueven apresuradamente en los campos de batalla en que se han convertido los hospitales del planeta. Son los héroes que desafían a diario a la muerte en su propia cara y, no pocos, ya se han convertido en mártires. En resumidas cuentas, el mundo depende de los hombres de ciencia para su salvación en medio de este caos.

Vale la pena preguntarse ahora, ¿dónde están los hombres de Dios? ¿Dónde está la gente de fe, los que creen en los milagros, los que pregonan el poder de Dios? Muchos están encerrados, temerosos, esperando que los científicos determinen los pasos a seguir; que nos digan cuándo y cómo es seguro volver a salir. No, no está mal que confiemos en la ciencia y en la gente que estudia el mundo natural para conocer sus misterios. No está mal ir al médico y tomar medicinas. Lo que no está bien es que en medio de una crisis espectacular, la gente de fe deje su espacio vital, su rol protagónico que en tal situación le cabe cumplir.

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Viene a mi mente una imagen poderosa de una crisis pandémica en tiempos de Moisés, relatada en el libro de Números, en el capítulo 16. Como de costumbre, el pueblo de Israel se rebelaba y murmuraba contra Dios. La rebelión de Coré había causado división en el pueblo y la indignación del Señor. El castigo sobre los rebeldes fue inmediato. Sin embargo, el resto de la congregación no aprendieron la lección y también se rebelaron, lo cual desató una mortandad de naturaleza pandémica entre ellos. Frente a la emergencia, Moisés ordenó al sacerdote Aarón interceder incensario en mano por el pueblo, pues la mortandad ya había comenzado. Aarón, obedeciendo a Moisés, tomo incienso y corrió a cumplir la misión salvadora.

“…y se puso entre los muertos y los vivos; y cesó la mortandad.” 

Núm. 16:48

Entre los muertos y los vivos, la oración de Aarón hizo la diferencia, pero 14,700 personas murieron antes de que Aarón intercediera. Aún así, muchos más salvaron sus vidas gracias a su plegaria.

Creo que hoy, más que nunca, hace falta la oración sacerdotal de aquellos que decimos creer en un Dios Todopoderoso. Es verdad que esta pandemia ha servido para dejar en evidencia a muchos pseudomilagreros que “declaran” sanidad por todas partes y parecieran tener a Dios a su servicio. Pero eso no justifica que los verdaderos cristianos dejen de buscar en el Señor su primera y mejor opción para encontrar salud y vida. Este es un momento precioso para que los cristianos seamos protagonistas, no para dirigir las miradas hacia nosotros, sino al Dios que hace los milagros. Es un tiempo propicio para que invitemos a la gente a poner su confianza en Dios. Es un tiempo para colocarnos “entre los muertos y los vivos” y hacer una real diferencia.

Iván Marrero

Autor
Pastor y conferencista.
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