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¡Dios siempre está al control!

Lecciones aprendidas de una pandemia, parte I

Imagen: Comunicación Institucional
Imagen: Comunicación Institucional

Toda experiencia humana, personal o colectiva, nos deja lecciones que aprender; especialmente aquellas que involucran dolor y sufrimiento. La actual pandemia, por supuesto, no es la excepción. El evento se nos vino encima sin que nadie pudiese vaticinarlo o, si quiera, calcularlo. Más allá de las infaltables teorías de conspiración y las advertencias sobre la vulnerabilidad de la sociedad frente a virus y bacterias, el mundo no esperaba algo como lo que ha sucedido.

Llama la atención que no solo tomó desprevenidos a los sistemas de salud e higiene de la mayoría de los países, sino que incluso los estudiosos de las profecías bíblicas no pudieron anunciar o advertir sobre una tragedia de estas dimensiones con consecuencias tan directas sobre la práctica de la fe de todas las comunidades religiosas del planeta. Por primera vez, los musulmanes no pudieron hacer su peregrinación anual a la Meca; los judíos no pudieron reunirse en las sinagogas ni celebrar sus fiestas; y los cristianos de las distintas congregaciones no pudieron abrir sus templos para adorar.

¿Cómo se nos pudo pasar por alto una profecía como esta? ¿O es que no fue profetizado nunca? Sí, es verdad, Jesús anunció que habrían pestes (Mat. 24.7), y estas siempre han ocurrido cada cierto tiempo en la historia; solo que una de estas dimensiones y en esta época de tanto adelanto científico, nadie lo esperaba. Una que encerrara a los creyentes por tanto tiempo, no se avizoraba en ningún escenario escatológico. He allí la primera lección que debemos asimilar: debemos ser suficientemente humildes para reconocer que ignoramos mucho más de lo que sabemos. Las profecías de la Biblia anuncian muchos eventos que han ocurrido y que ocurrirán en el futuro, pero cómo se desenvolverán en el tiempo es algo que no ha sido revelado. En realidad, muchas profecías solo llegan a ser comprendidas después de que los eventos anunciados alcanzan su cumplimiento. Jesús mismo advirtió: “Desde ahora os lo digo antes que suceda, para que cuando suceda, creáis que yo soy” (Juan 13:19).

Cuando suceda, no antes. Es cuando ocurre el evento que podemos comprobar la profecía y entender su significado. Por ejemplo, ¿cuándo comprendió la iglesia el significado de los pasajes proféticos, como el de Isaías 53, relacionados con la Venida de Cristo a la Tierra? Solo después que Cristo resucitó y ascendió al cielo. ¿Cuándo comprendieron los discípulos que “era necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado, y resucite al tercer día”? Después de que los eventos habían pasado. ¿Cuándo entendieron los adventistas el significado de la profecía de los 2300 días y la purificación del Santuario? Después que los eventos ocurrieron de acuerdo a lo señalado en los oráculos proféticos.

Quizá en algún momento futuro se pueda rastrear en los registros bíblicos las señales de lo que ha sucedido, o quizás no. Lo cierto es que, a la luz de lo que ha sucedido, debemos ser más cautelosos y humildes, confiando en el invariable amor de Dios que -más allá y por encima de las tragedias sobrevenidas a nosotros- siempre obra para el bienestar eterno de los que le aman y le sirven. Dios, en su misericordia, no ha querido mostrarnos los detalles de la historia por venir, porque ni estamos en condiciones de soportarlo ni lo necesitamos. Solo necesitamos saber que Él siempre tiene el control y guiará los acontecimientos para gloria suya y bendición de sus hijos.

Iván Marrero

Autor
Pastor y conferencista.
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