¿Por qué la Ley de Dios no nos salva sin Cristo?
Descubre cómo solo Jesús puede guiarnos hacia la paz en medio de las tormentas de la vida.
La necesidad que tenemos de Cristo en nuestras vidas se hace cada vez más evidente en la medida que somos conscientes de lo que debemos hacer y nuestra incapacidad de hacerlo. La Ley de Dios es la guía que tenemos hacia el ideal que Dios quiere para nosotros. Esto puede generar mucha frustración, porque generalmente queremos cumplir la Ley como una lista de quehaceres, sin entender bien la dinámica entre nuestra condición de pecadores, nuestra incapacidad de cumplirla y la relación que debemos tener con nuestro Dios.
Imagina por un momento que compras un barco sin saber navegar, y sin embargo te aventuras en el océano y de repente te encuentras en medio de una tempestad. ¡Lo único que quieres es llegar a puerto seguro! pero recuerda, no sabes navegar. Bueno, tratar de cumplir la Ley de Dios por nuestros propios méritos es exactamente así. La Ley de Dios es el faro de luz en medio de esa tormenta. Podemos ver el faro, lo podemos describir, podemos ver la luz que emite pero al estar en medio de la tormenta sumado a nuestra incapacidad de manejar el barco, nos hace incapaces de aprovechar esa luz y llegar a puerto.
Usando este ejemplo, nosotros tenemos la oportunidad de pedirle a Cristo que sea el capitán de nuestro barco. Cristo ya venció la tempestad, Él sabe mejor que nosotros cómo manejar el barco en esas condiciones y si Él está dispuesto ¿Porqué no dejarlo ser el capitán de nuestro barco?
En este mundo de pecado, nuestra intención de cumplir la Ley es irrisoria si lo queremos hacer por nuestras propias fuerzas ¡es imposible! En el relato del libro de Romanos, en el capítulo 7, se puede percibir la frustración de Pablo cuando dice: “No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago.” (v. 19) La Ley no es un requisito, sino la guía y si queremos aprovecharla debemos someter nuestra voluntad a Cristo y dejar que Él obre en nosotros, que nos guíe, que tome total control de nuestras vidas.
Vivir en un mundo de pecado, haber nacido con naturaleza pecaminosa y estar inclinados al mal nos hacen totalmente incapaces de vencer el pecado por méritos propios y cuando lo intentamos, transformamos la Ley de Dios en una ley condenatoria y esto nos aleja de Dios. Pero debemos saber que hay esperanza. Pablo acaba el capítulo diciendo: “¡Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro!” (v. 25)
Cristo quiere ser nuestro capitán. ¡Él afrontó las más terribles tormentas mientras caminaba por este mundo y venció! tiene la experiencia para guiarnos, empatiza con nosotros, está dispuesto a tomar control de nuestra vida si así se lo pedimos. La victoria está asegurada en Cristo Jesús ¿Por qué no dejarlo ser capitán de nuestro barco? Si lo elegimos a Él, no importan las tempestades que nos toquen, llegar a puerto está asegurado.
Editora: Laura Marrero y Brenda Cerón.






