Una tarea inconclusa
Dios nos ha elegido para este tiempo en la historia de las misiones, para proclamar al mundo que la esperanza es Jesús.
Hace dos mil años, en la ladera de una colina de Galilea, Jesús ordenó: “Vayan y hagan discípulos a todas las naciones”. Este mandato hizo que lo que comenzó como una insignificante secta judía alrededor del año 31, llegara a convertirse en una floreciente religión mundial para el año 60 d.C. Esto fue posible, en gran medida, gracias a la contribución del joven Saúl o Saulo; sí, el que más tarde fuera conocido por la versión griega de su nombre, Pablo, y a quien el Señor convirtiera de un perseguidor al misionero más destacado de todos los tiempos.
En obediencia al mandato del Señor, el joven apóstol estableció una iglesia en casi cada ciudad de importancia en el Oriente del Imperio Romano, llegando tan lejos como a su misma capital. Sin embargo, hacia el final de su vida se percató de que, aunque el evangelio conquistaba Roma, la tarea aún estaba inconclusa. Por eso, en su última carta al joven Timoteo escribió: “Te encargo… que prediques la palabra… que hagas obra de evangelismo” (2 Timoteo 4:1,2,5). Dos mil años han transcurrido desde el encargo de Pablo a Timoteo, pasando la antorcha del evangelio de una generación a otra, ¡y todavía estamos aquí! ¿Por qué? Porque la tarea de la misión aún no ha sido completada.
¿De qué tamaño es la tarea pendiente? Actualmente, en nuestro planeta hay poco más de 8 mil millones de habitantes. Alrededor de 2,560 millones son nominalmente cristianos; el resto, 5,400 millones de personas, creen y practican religiones no cristianas. ¡Eso es más del 67% de la población mundial! El islam, a cuyos creyentes se les conoce como musulmanes, conforman un grupo de 1,860 millones de personas. El hinduismo agrupa a 1,160 millones de creyentes. Se calculan alrededor de 540 millones de budistas, 850 millones de animistas o adoradores de espíritus; y casi 900 millones de personas que no profesan ninguna religión.
En Mateo 28:19, Jesús encomendó hacer “discípulos a todas las naciones”; ahora bien, en el idioma griego, una manera de traducir la palabra “naciones” es “etnias”. Según la organización cristiana Joshua Project, de los 17,443 grupos étnicos que hay en el mundo, 7,425 no han sido alcanzados por el evangelio o no hay discípulos en ellos, lo que implica que 3,370 millones de personas nunca han tenido oportunidad de escuchar sobre el Evangelio; ellos nacerán y morirán sin escuchar jamás del amor de Jesús.
La mayoría de las personas que no conocen de Dios, viven en una parte del mundo que va desde el norte de África hasta Asia. A esta región, se le conoce como la Ventana 10/40, porque se encuentra entre la latitud 10 y 40 grados al norte del ecuador. Si vivieras en esa región, siendo tú un cristiano, te sentirías como “un bicho raro”, ya que menos de 8 de cada 100 personas son cristianas.
Se calcula que, actualmente, hay en el mundo 100 mil obreros misioneros, y sólo el 3% de ellos trabaja entre los pueblos de esas regiones no alcanzadas. Estos retos nos recuerdan que la tarea que Jesús nos encomendó aún no ha sido terminada y su mandato aún sigue siendo nuestra obligación.
Hace 1,800 años atrás, el Señor anticipó en el Apocalipsis el surgimiento de un pueblo para terminar la tarea inconclusa, y dar así cumplimiento a su promesa: “Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin” (Mat. 24:14). El mandato para el remanente adventista es fuerte y claro: “Es necesario que profetices otra vez sobre muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes” (Apocalipsis 10:11). Dios nos ha elegido para este tiempo en la historia de las misiones, para proclamar al mundo que la esperanza es Jesús, ¡y no tenemos tiempo que perder!
El apóstol Pablo, en su preocupación por la tarea inconclusa, escribió: “¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!” (Romanos 10:14,15). La escritora adventista, Elena White, declaró: “Con semejante ejército de obreros, como el que nuestros jóvenes, bien preparados, podrían proveer, ¡cuán pronto se proclamaría a todo el mundo el mensaje de un Salvador crucificado, resucitado y próximo a venir!” (La Educación, 244).
El Señor te está llamando hoy a “los campos de labor” de la misión mundial. El profeta Isaías, en su tiempo, respondió: “Envíame a mí” (I Will Go); Pablo, en el camino a Damasco, dijo: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?”.
Y tú, ¿qué le dices al Señor hoy?






