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El evangelio: el poder que nos iguala a todos

Descubre cómo el amor de Cristo supera nuestras diferencias y nos llama a la misericordia.

Fotografía por: Jetstream.
Fotografía por: Jetstream.

¡Vivimos en un mundo injusto! Ninguno de nosotros ha escogido el lugar, el tiempo o las circunstancias en las que nacimos. Aunado a esto, la corrupción del ser humano se ha encargado de abrir brechas entre las personas. La desigualdad en el trato de la gente es bastante evidente y esto sucede por razones totalmente circunstanciales, como la apariencia, el género, la raza, el estatus socioeconómico, etc. Sin embargo, Dios no hace acepción de personas, y ante sus ojos todos somos candidatos para estar con Él para siempre, somos su creación, objeto de su sacrificio e interseción, y merecedores de su misericordia. Es por eso que, el evangelio se convierte en un igualador, el elemento que nos hace a todos iguales por encima de las diferencias que queramos hacer.

Este concepto no era fácil de concebir para los judíos cristianos, para ellos, el haber sido escogidos desde Abraham, Isaac y de las tribus de Jacob era suficiente para ser selectivos respecto de quién era digno de recibir el evangelio. Lo curioso es que una vez que los gentiles recibieron el evangelio, al saber la historia de cómo los judíos habían crucificado al Mesías, descalificaban a los judíos del evangelio. Viendo esta situación desde afuera es fácil juzgar y llegar a conclusiones, pero ¿Acaso no pasa lo mismo hoy en día?

Es triste cuando nos sentimos superiores a otros, es triste cuando las circunstancias nos hacen calificar o descalificar a otros, es muy triste cuando tachamos de indignos a personas que piensan, actúan y creen diferente a nosotros. Esto solo prueba que el corazón humano, alejado de Dios, se corrompe.

Hemos sido llamados al amor, a compartir, a colaborar, a tolerar, y el detalle está en que estamos dispuestos a hacer estas cosas mientras las estamos recibiendo en igual medida, pero no debe ser así. Así como Cristo nos ama, en nuestra condición, en nuestras equivocaciones, inclusive al revelarnos contra Él, así mismo debemos amar nosotros. La esencia del evangelio no es “me das para darte” es más bien “te doy porque Cristo me dio primero”.

Todos tenemos nuestras luchas, todos necesitamos del amor y misericordia de Dios. No nos corresponde ser selectivos y privilegiar a unos sobre otros, más bien es nuestro deber como cristianos reflejar el amor de Dios a todos. Nos corresponde dar sin esperar nada a cambio.

El evangelio de Cristo es nuestro igualador, es lo que nos pone a todos en la misma condición de necesitar de Cristo, y es por medio de Él que todos somos dignos de misericordia. Ojalá que podamos ser la luz del mundo, la sal de la tierra, reflejando a Cristo y que se evidencie en nuestro trato a los demás.

Reportera de campo: Lisandra Vicente, editora: Brenda Cerón.

Oscar Castillo

Autor
Director de coros, maestro en la Escuela de Música y desarrollador de negocios en ProMusic de la Universidad de Montemorelos.
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