Una vida entregada a Dios refleja a Cristo cada día
El testimonio de Pablo en Hechos 28 muestra cómo compartir el evangelio, servir a los demás y permitir que el Espíritu Santo transforme el corazón.
Una vida entregada a Dios se refleja en nuestras palabras, decisiones y manera de tratar a los demás. En Hechos 28 encontramos a Pablo como prisionero, sobreviviendo de un naufragio y en camino a Roma. A pesar de sus circunstancias continuó cumpliendo la misión que Dios le había confiado.
Después del naufragio, Pablo permaneció un tiempo en la isla de Malta. Allí sirvió a sus habitantes y, mediante el poder de Dios, atendió a quienes estaban enfermos. Este suceso reúne dos aspectos esenciales del testimonio cristiano.
1. Compartir a Cristo
Nuestras conversaciones suelen girar alrededor de aquello que ocupa nuestra mente y nuestro corazón, nuestros intereses. Al hablar con una persona, tarde o temprano descubrimos cuáles son sus intereses, preocupaciones y prioridades.
Cuando Cristo ocupa un lugar central en nuestra vida, su presencia se refleja de manera natural en nuestras conversaciones, sin importar dónde estemos o con quien hablemos. Compartir a Cristo también significa contar lo que ha hecho en nosotros y expresar la esperanza que hemos encontrado en Él.
2. Ser sensibles a las necesidades de los demás
Cuando tenemos a Cristo en el corazón, aprendemos a reconocer las necesidades de quienes nos rodean. También crece en nosotros el deseo de acompañarlos, servirles y ayudarlos.
No siempre contamos con los recursos necesarios para resolver todos los problemas. Sin embargo el Espíritu Santo puede capacitarnos para responder con sabiduría y compasión. Siempre podemos escuchar, orar y mostrar empatía hacia las personas que atraviesan una dificultad.
Después de su paso por Malta, Pablo finalmente llegó a Roma. Una vez instalado bajo custodia, convocó a los principales dirigentes judíos para hablarles del evangelio. Ellos no habían recibido cartas ni informes en su contra, por lo que Pablo tuvo la oportunidad de presentarles personalmente su mensaje.
Después de escucharlo, algunos creyeron y otros no. Sin embargo sus palabras despertaron conversaciones acerca del evangelio. Los cristianos también estamos llamados a compartir nuestra experiencia con Jesús y permitir que el Espíritu Santo obre en cada persona.
Nuestra responsabilidad consiste en ser testigos. Un testigo habla de lo que ha visto, vivido y experimentado. Por eso, compartir a Cristo comienza con una relación personal con Él.
Pero ¿Cómo dar testimonio de una vida transformada si no hemos sido transformados? ¿Cómo podríamos hablar de Jesús si no lo conocemos?
En la vida, todos reflejamos lo que tenemos en el corazón. Si queremos ser testigos de Cristo, debemos tener a Cristo en el corazón. Pablo fue un ejemplo de lo que significa mantener una vida entregada al Señor, incluso en medio de la adversidad.
Pidamos a nuestro Dios ser transformados, día a día, y así reflejarlo a Él.






