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El valor de las pequeñas cosas

Cómo la instrucción recibida en el día a día construye los valores sólidos en los niños.

Foto de Envato Elements
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Juan y Fernando fueron los hijos menores de una numerosa familia dedicada a la agricultura que, hace algunas décadas, vivía en una pequeña población en donde las calles estaban despejadas y la gente podía caminar libremente, debido al poco tránsito vial. En esa época, se acostumbraba que cuando las familias recogían algunos productos del campo que necesitaban terminar de secarse para su comercialización como: maíz, frijol, trigo y de manera especial las semillas de calabaza, utilizaban la mitad de la calle frente a sus casas.

Durante el verano, a Juan y Fernando se les asignaba esta tarea; ellos debían colocar unos costales de ixtle en el suelo y poner ahí las semillas a secar. Las indicaciones de sus padres sobre este proceso era muy estricta: al salir el sol debían extender el producto sobre los costales, cuidar que nadie lo estropeara y, sobre todo, vigilar que las semillas no se mojaran cuando había lluvia. Si llovía, debían recoger rápidamente las semillas y guardarlas, pues si se mojaban se echaba a perder el trabajo de toda la mañana y se retrasaba la venta o, simplemente, el consumo de la misma familia se veía afectado. Parecía una tarea sencilla, pero requería que Juan y Fernando estuvieran concentrados en su tarea.

La diligencia, entre otros valores, nos recuerda una hermosa historia bíblica que se remonta a la época cuando el pueblo hebreo era esclavo de los egipcios. Esta ya era en sí una situación difícil, pero se complicó aún más cuando el faraón proclamó el decreto de que todos los niños varones, al nacer, debían morir ahogados en el río Nilo. Esto ocurrió debido a que los hebreos se habían multiplicado mucho y los egipcios se sentían vulnerables ante sus esclavos.

Los capítulos 1 y 2 del libro de Éxodo, en la Biblia, nos relatan el caso de una familia temerosa de Jehová de la tribu de Leví, la de Amrán y Jocabed. Ellos tenían dos hijos, María y Aarón, pero cuando nació su tercer bebé (Moisés) en medio de esa cruel sentencia de muerte no se resignaban a perderlo, por lo que lo escondieron durante tres meses. Mientras tanto, hicieron un plan para poder salvar a su precioso niño; con fe y oración dieron cada paso y la bendición de Dios estuvo con ellos.

Dios inspiró a la madre para trenzar una canasta especial con juncos, en donde puso al bebé, y la colocó en un lugar estratégico del río para que la hija del faraón lo pudiera encontrar fácilmente. En el plan, María tenía una participación discreta pero muy destacada: no debía perder de vista la “canasta salvadora” y, cuando la princesa tomara la cesta con Moisés dentro, tenía que pronunciar un discurso. Por el relato bíblico, sabemos que ella cumplió esta tarea al pie de la letra con diligencia.

Los ángeles también cuidaban a ese pequeño, pues era parte crucial del plan de Dios para liberar a su pueblo de la esclavitud egipcia, pero ¿qué hubiese pasado si María se hubiera distraído como cualquier niña de su edad y descuidado la misión asignada? Sin duda, Dios habría intervenido con otro método, pero el nombre de María -la hermana de Moisés- no hubiera trascendido para bien y se habría perdido el privilegio de participar en el plan de Dios para liberar al pueblo escogido.

Para este momento crucial, María actuó con responsabilidad como consecuencia de la educación recibida de sus padres. Aunque por su edad no entendía del todo la trascendencia de su actuación, con su diligencia honró al Dios de Abrahán y les dio a sus padres la tranquilidad de ver con vida a su hermoso hijo.

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El diccionario de la Real Academia de la Lengua dice en una de sus entradas que la diligencia se refiere a “una persona que pone mucho interés, esmero, rapidez y eficacia en la realización de un trabajo o en el cumplimiento de una obligación o encargo”. Por otro lado, Wikipedia describe este valor como “la virtud cardinal con la que se combate la pereza. La palabra diligencia procede del latín diligere que significa cuidar. Forma parte de la virtud de la caridad, ya que está motivada por el amor”.

Al respecto, la escritora cristiana Elena G. White, en lás páginas 118 y 120 de su libro Conducción del niño, dice lo siguiente:

“[Los niños,] con frecuencia comienzan un trabajo con entusiasmo, pero de pronto se confunden o se cansan de él y quieren cambiar y realizar alguna otra cosa nueva. Así pueden comenzar varias cosas, desanimarse y abandonarlas; y así pasan de una cosa a otra sin perfeccionar ninguna. Los padres no deberían permitirles que esa tendencia al cambio domine a sus hijos. No deberían recargarse con otras cosas de modo que no tengan tiempo para disciplinar y desarrollar con paciencia su mente. Unas pocas palabras de ánimo o un poco de ayuda en el momento debido, puede ayudarles a superar sus dificultades y desánimos; y la satisfacción que obtendrán de ver que la tarea ha sido completada los estimulará a mayores realizaciones”.

“Nunca desestiméis la importancia de las cosas pequeñas. Las cosas pequeñas proporcionan la verdadera disciplina de la vida. Mediante ellas el alma es enseñada para que crezca a la semejanza de Cristo, o para que lleve la semejanza del maligno: Dios nos ayude a cultivar hábitos de pensar, de hablar, mirar y actuar que testificarán delante de todos que hemos estado con Jesús y aprendido de él”.

Dios bendiga a cada familia en el proceso de formación de vidas con propósito para honra y gloria de Su Nombre.

Lorenzo Tello

Autor
Jubilado de la Universidad de Montemorelos y ex director de la Facultad de Educación.
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