Educar en valores desde el preescolar: la clave del cambio social
Samantha González descubrió que ser maestra es más que enseñar; es tocar corazones y formar vidas con principios que trascienden el aula.
Según el Ministerio de Educación de México, la educación inicial es clave para inculcar valores como el respeto, la empatía y la responsabilidad, favoreciendo la convivencia y el desarrollo personal desde la infancia. Estos principios ayudan a los niños a tomar decisiones acertadas y a relacionarse mejor con los demás a lo largo de su vida; y Samantha González, estudiante de octavo semestre de Educación Preescolar en la Universidad de Montemorelos, ha experimentado esto de primera mano.
Samantha realiza sus prácticas profesionales en el Instituto Soledad Acevedo de los Reyes (ISAR), donde vela por el desarrollo integral de 14 niños en tercer grado de preescolar. Al iniciar el curso escolar, ella identificó desafíos en el aula como dificultades en la atención y concentración, falta de comprensión de indicaciones y conflictos entre los niños, entre otros desafíos propios de la edad y el entorno. Sin embargo, también reconoció en sus alumnos una nobleza e inocencia que reflejan su disposición para aprender y crecer.
Para Samantha, la formación en valores es esencial en la educación preescolar. Su fe y principios adventistas guían su interacción con los niños, impulsándola a practicar la empatía, la paciencia y la misericordia. “Tener una relación con Dios es fundamental para sentir primero cómo Él nos perdona, nos tiene paciencia y nos muestra misericordia. Solo así podemos transmitir esos mismos valores a nuestros niños. Día con día, es necesario desarrollarlos en el aula”, comparte.
A lo largo de su práctica docente, ha fortalecido habilidades esenciales como la resolución de problemas, la planificación, la creatividad y el servicio, competencias que considera indispensables para fomentar un ambiente donde los valores no solo se enseñen, sino que se vivan. “Siempre llevaré el recuerdo de estos pequeños en mi corazón como mi primera experiencia de docencia, es algo inolvidable que deja muchas enseñanzas”, afirma.
Samantha enfatiza que ser maestra implica más que impartir conocimientos; significa ser un modelo a seguir. Los niños aprenden principalmente por observación e imitación, por lo que la coherencia entre lo que se enseña y se practica en el aula es clave para su desarrollo integral, y ella lo ha podido experimentar en su práctica con resultados evidentes. “Los niños han aprendido a confiar en mí y a encontrar cariño y comprensión. Además, han crecido mucho en sus habilidades cognitivas, artísticas y en su capacidad de atención”.
Samantha ha confirmado que la docencia es mucho más que una profesión: es una vocación. “Considero que ser maestra es un pase directo a los corazones de los niños. No es fácil, pero es una forma en la que podemos usar nuestra profesión para llegar a ellos y a sus familias, y darles a conocer a Jesús”.
Su experiencia en el aula ha reafirmado su pasión por la enseñanza y su convicción de que la educación en valores tiene un impacto que trasciende las paredes del aula. Al formar niños con principios sólidos, no solo transforma su presente, sino que también influye en sus familias y en la comunidad, creando un efecto multiplicador que puede marcar la diferencia en la sociedad.
Reportera de campo: Lisandra Vicente, editora: Brenda Cerón.






