¿Qué tengo para dar?
Como seguidores de Cristo somos llamados a ayudar a los más necesitados y, sin duda, tenemos ALGO muy valioso que compartir.
No es un secreto, al contrario, es bastante evidente que vivimos en un mundo injusto y lleno de maldad. Este simple hecho nos lleva a tomar alguna de estas dos posturas:
1. Individualista: El pensamiento egoísta de qué aprovecho para mí sin importar lo que hay a mi alrededor.
2. Colectivo: Con los privilegios que he tenido, cómo puedo ayudar a mi entorno.
Lo interesante y casi cómico de estas dos posturas es que, si seguimos la postura egoísta de querer acaparar todo y ver qué más conseguir, nunca tendremos suficiente; y si tomamos la postura de ver cómo ayudar, siempre tendremos algo que dar.
En el pasaje bíblico de Hechos 3:1–10, se narra que los apóstoles iban al templo a orar y se toparon con una situación muy triste. Había un hombre que no podía caminar y lo único que podía hacer era apelar a que las personas que pasaban por ahí se compadecieran de él y le dieran algunas monedas. Si trasladamos esta escena a nuestros tiempos, este hombre sería sometido a diversos juicios, tales como: es flojo, pertenece a una mafia, usará el dinero para drogas, no es una buena lección darle dinero así porque sí, entre muchos otros. Esto es verdaderamente humillante. Lo que siempre me ha llamado la atención de estas circunstancias es que nunca sabemos el contexto de la persona necesitada, ni siquiera preguntamos, solo juzgamos.
Como seguidores de Cristo, la lección que nos deja este pasaje es la responsabilidad que tenemos. Si damos o no “algunas monedas” es algo extra, ya que lo más importante es que siempre tenemos a Cristo para compartir. Compartir a Cristo significa interesarte por las personas independientemente de su contexto, ponerse en los zapatos de los demás y empatizar con sus circunstancias.
No, no fuimos llamados a juzgar, estamos lejos de tener las credenciales para hacer tal cosa. Somos llamados a decirle a los más necesitados “lo que tengo te doy”, y si verdaderamente somos seguidores de Cristo, siempre tendremos algo para dar.
“No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy…” Oremos a nuestro Dios para que este sea nuestro proceder en nuestros encuentros con las personas en necesidad. Que estemos siempre a la altura de los privilegios que Dios nos ha otorgado:
“… por cuanto lo hiciste a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hiciste” (Mateo 25:40).
Editora: Laura Marrero y Brenda Cerón.






