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Moisés y la responsabilidad personal: aprendiendo de sus consecuencias

Explora cómo la historia de Moisés nos enseña a asumir nuestras acciones y enfrentar sus efectos.

Fotografía por Universidad de Montemorelos.
Fotografía por Universidad de Montemorelos.

Más allá de la vida y sacrificio de Cristo en la tierra, creo que una de las experiencias más duras que alguien ha enfrentado le ocurrió a Moisés, al no poder entrar en la tierra prometida.

Después de todo lo que Moisés vivió con el pueblo de Israel, desde la salida de Egipto hasta la ardua travesía por el desierto, resulta impactante que no pudiera culminar su misión y presenciar el cumplimiento de la promesa que Dios les hizo.

Asumir la responsabilidad de nuestras acciones requiere considerar múltiples aspectos, y la experiencia de Moisés toca un punto que a menudo se nos dificulta aceptar: nuestras acciones inadecuadas pueden verse influenciadas por otras personas o circunstancias externas.

Es muy difícil asumir la responsabilidad cuando en nuestra mente justificamos nuestras acciones con frases como: “Sí, estuvo mal, pero…”, “Me provocaron”, “¡No me iba a dejar!”, “Él/Ella me lastimó primero”, “Se lo merecía”, o “Solo respondí”.

¿Tenía Moisés una razón para enojarse como lo hizo? Pienso que sí. El pueblo, siempre quejoso, ingrato e ignorante, constantemente lo culpaba o insinuaba que quería dejarlos morir en el desierto. ¡Cómo no iba a enojarse! De hecho, golpear la roca parece una reacción menor, considerando todo lo que vivió.

Sin embargo, aunque somos humanos y cometemos errores, las consecuencias de nuestras acciones no siempre se pueden evitar ni justificar. Debemos asumir responsabilidad.

Gracias a la misericordia divina, siempre podemos arrepentirnos y encontrar salvación. No obstante, las consecuencias terrenales de nuestras acciones son ineludibles, y Moisés es un ejemplo claro de ello. A pesar de todo su esfuerzo y dedicación, no le fue permitido entrar en la Tierra Prometida.

“Déjame cruzar y ver la buena tierra que hay más allá del Jordán, esas buenas montañas y el Líbano.” Pero el Señor se había enojado contra mí a causa de ustedes, y no me escuchó. “¡Basta!”, me dijo, “no me hables más de este asunto” (Deuteronomio 3:25–26).

Editora: Laura Marrero y Brenda Cerón.

Oscar Castillo

Autor
Director de coros, maestro en la Escuela de Música y desarrollador de negocios en ProMusic de la Universidad de Montemorelos.
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