A partir del mes de marzo de 2020, nuestro país sufrió un cambio radical en muchos aspectos a raíz de la contingencia sanitaria por el Covid-19. La pandemia, con sus múltiples restricciones, afectó de diversas maneras la vida de millones de familias. De la noche a la mañana, los niños ya no iban a la escuela y los padres tuvieron que asumir la tutoría de sus hijos como alumnos; muchos de los padres cambiaron su forma de trabajo a una modalidad “home office” y, otros, incluso perdieron sus empleos; las madres -ahora más que nunca- tienen que cumplir con sus responsabilidades laborales cotidianas mientras lidian con los niños (y a veces también con su esposo) en casa.

En el ámbito educativo también hubo muchos cambios. El modelo de enseñanza usado en la mayoría de instituciones educativas hasta antes de la pandemia, era en modalidad presencial; es decir, los alumnos tenían que estar en el salón de clases con su maestro al frente, quién había dedicado tiempo y esfuerzo en preparar su clase a fin de aprovechar al máximo el tiempo en el aula. Al llegar al salón, los alumnos aprendían, no sólo de lo que el maestro decía, sino de cómo lo explicaba, la forma en que hablaba, sus movimientos, la expresión en su rostro, etc. Llegando la hora de receso, mientras la mayoría de los alumnos salían a disfrutar de un rato libre, algunos podían acercarse a su maestro o maestra para obtener aún más información en caso de tener alguna duda. Por otro lado, si algún alumno requería una llamada de atención, se le hacía inmediatamente en un ambiente adecuado.

Pues bien, debido a la pandemia, la situación en muchas partes del mundo exige ahora una educación a distancia en los diferentes niveles. Los niños y jóvenes ya no tienen convivencia directa con gente de su edad, el conocimiento les llega mediante un dispositivo electrónico y/o por un medio impreso y disponen solamente de la hora en clase para poder captar la mayor cantidad de información y externar sus dudas. Al tener al frente una pantalla en lugar de a su maestro, el alumno fácilmente puede distraerse o decidir si presta atención a la clase o no. Es decir, ahora depende de cada quién buscar el conocimiento.

Pero, ¿realmente es la primera vez que nos encontramos ante un panorama así? Claro que no, de hecho, llevamos miles de años en una situación similar pero es tanto el tiempo que ha transcurrido que únicamente podemos imaginarnos cómo era la situación antes de la mayor cuarentena del universo.

Cuando Dios nos creó, el “modelo educativo” tenía como maestro a Dios mismo; Él se presentaba frente a Adán y Eva en el salón de clases llamado “El jardín del Edén” e impartía clases sobre el bien, la mayordomía y el amor. Los libros de texto eran la naturaleza, los animales, el cielo y la tierra, todos creados para que el alumno aprendiera sobre su Creador. El tener a su maestro y Creador frente a ellos, les permitía aprender también de sus gestos, el tono de su voz, la sonrisa en su rostro y el trato amoroso y cálido hacia ellos. En este modelo educativo inicial, no existían los conceptos de pecado, mal o codicia, pues nada de esto existía aún en el mundo. El examen era una simple prueba de confianza, un fruto que no debían probar entre miles de los que sí podían disfrutar.

Lamentablemente, Adán y Eva desobedecieron y dieron oportunidad al pecado de entrar en sus vidas. Debido a esto, el modelo educativo de Dios se vio forzado a cambiar y los dos alumnos tuvieron que salir de su salón de clases -el jardín del Edén- para continuar con un método de estudios alejado de su Creador, en el que ya no podían tener a su maestro cara a cara. Además, ahora debían aprender materias nuevas para protegerse del mal que ellos dejaron entrar en sus vidas; entre ellas, debían estudiar qué es el mal, cómo se pueden contagiar de él, cómo evitarlo y qué hacer si se veían afectados. De igual forma, los niños ya no podrían recibir la educación directamente del maestro y sus padres debían encargarse de impartir las clases y asegurarse de que sus hijos comprendieran, a través de ellos, sobre el amor de Dios.

A partir de ese momento, la educación a distancia se volvió necesaria y las materias ahora se imparten en línea, a través de la Biblia y la oración. Gracias a estas “plataformas” el alumno puede encontrarse más de cerca con su Creador. Al igual que ahora, depende del alumno si decide tomar la clase o no… Es decisión de cada quién establecer comunicación diaria con Dios y escuchar su mensaje o simplemente quedarse dormido y no poner atención.

Esta cuarentena universal está pronta a terminar y lo mejor de todo es que ¡la cura ya fue creada! Al morir, Jesús pagó nuestra deuda con el pecado y es así como pone a nuestra disposición -gratuitamente- la vacuna de la Salvación, sólo tenemos que aceptarla. Sin embargo, aunque muchos puedan dudar actualmente sobre la eficacia de esta vacuna, depende de cada uno de nosotros decidir si aceptamos la cura o no… ¿Tú qué eliges?