Salón de clases, un escenario para la evangelización
Aunque no podía orar, ni cantar, ni hablar de Jesús abiertamente, Gabriela encontró la manera de testificar en su aula de clases.
Gabriela Chávez se encontraba en una situación difícil porque tenía un gran deseo de usar su profesión para hablar del amor de Jesús, pero estaba haciendo sus prácticas profesionales en una escuela en la que estaba prohibido hablar de religión abiertamente, sin embargo, Dios la guió para encontrar una forma.
Gabriela, originaria de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, llegó a la UM en el 2019 lista para matricularse como alumna de medicina aunque ella misma no estaba convencida de esa decisión. Luego de algunas conversaciones con personas que Dios puso en su camino para guiarla, ella encontró que su perfil encajaba perfectamente con la carrera de educación así que ese semestre inició como estudiantes de la Licenciatura en Enseñanza del Lenguaje y la Comunicación.
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Desde entonces Gabriela se ha formado como una maestra, adquiriendo todos las habilidades necesaria profesionalmente pero además con principios sólidos que han fortalecido su compromiso con la misión de compartir el amor de Dios.
En el año 2022 Gabriela llegó a la Escuela Secundaria Número 5 “Prof. Felipe de Jesús Jasso”, en Montemorelos, para realizar sus prácticas profesionales.
Entre los desafíos con los que se encontró, fue el conocer a jóvenes que lidiaban con muchos problemas personales que además fueron agravados por el periodo de pandemia por la Covid-19, entre otras cuestiones propias de la edad.
En este escenario, ella necesitaba trabajar la atención sociemocional y la integración de la fe como parte del proyecto integrador que ella como estudiante llevaba en la universidad.
“Sin poder cantar ni orar, ni ninguna otra cosa que como cristianos adventistas solemos hacer para la integración de la fe o tratar cuestiones emocionales, no sabía qué hacer, porque no se trata solamente de un requisito académico, sino de testificación”.
Como parte de sus estrategias de clases, Gabriela trabajó el aprendizaje basado en proyecto, y como tarea final, los alumnos debían hacer lecturas en voz alta de algo que ellos mismos hubieran escrito.
“En la literatura se respeta la autoría de las personas, es decir, no puedes alegar que lo que una persona escribió es incorrecto porque es el pensamiento personal de la persona”.
Así que para darles un ejemplo, ella leyó para toda la clase una carta que había escrito hacía un tiempo para su papá, quien había fallecido, a manera de despedida, y en ella hablaba de la esperanza que la sostenía en medio de su dolor, y la certeza de volverlo a ver en la Segunda Venida de Dios, y la paz que eso le producía.
“Es la carta más denominacional que se puedan imaginar pero como era una carta y escrito personal nadie me podía decir que era incorrecto, ni nada”.
La reacción de los estudiantes sorprendió positivamente a Gabriela. Brotó la emoción en ellos, hubo lágrimas, manifestaciones de empatía e incluso curiosidad por ese sentimiento de paz del que hablaba, “y ese era el objetivo de todo el proyecto de mi clase”.
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“Un maestro no está solo para dar la clase, porque a fin de cuentas el contenido es secundario y lo que cuenta es acercarte a los alumnos como Jesús se acercaría con sus discípulos para atender sus necesidades. El mundo en este momento necesita maestros comprometido, gente que tenga un sentido claro de la misión, que tenga sentido claro de su vida, porque ser maestro es ser ejemplo de las futuras generaciones, guía y tutor de las personas que lo necesitan”.
“Si tienes esa semillita o esa inquietud de enseñar, la facultad de educación te está esperando, con excelentes oportunidades para que aprovechen esos jóvenes que tienen esta vocación”.
Gabriela es alumna graduanda, y en mayo de 2023 egresará para ejercer su profesión donde Dios la guíe a seguir compartiendo de su amor.






