¿Puede el Derecho abrir las puertas para dar testimonio?
Soy Rocío González, abogada, adventista, coordinadora de la carrera de Derecho y directora jurídica en la Universidad de Montemorelos.
Trabajo diariamente para preparar ciudadanos con valores y ética profesional, con una visión de servicio y una aspiración celestial; además, aprovecho cada momento para transmitir conocimiento y experiencia, así como para ser testimonio del carácter de Cristo.
Hace algunos años, trabajaba en una firma de abogados en USA, en la que tenía un cargo de bastante responsabilidad como abogada y administradora de una oficina de la firma, con ocho abogados bajo mi mando y seis paralegales; además de todo el equipo administrativo como las asistentes, secretarias, archivistas, telefonistas y recepcionistas. Asimismo, pertenecía al Consejo Directivo de dicha firma.
Cuando tuve mi primera entrevista de trabajo con el presidente de esta compañía, la única solicitud o condición que pedí fue descansar el sábado y salir temprano los viernes; no hubo ninguna objeción, me concedieron ese horario. Cuando había necesidad de atender alguna situación de urgencia, trabajaba los domingos, ya que había fechas límite para interponer demandas o asuntos ante la corte. Era la única abogada que no trabajaba los sábados.
Un viernes, el presidente de la firma -que era mi jefe- me llamó para notificarme que al día siguiente -que era sábado- había una reunión del Consejo Directivo por la tarde, para atender un punto de agenda de manera extraordinaria y urgente. Le comenté que no sería posible asistir, pero él fue firme y antes de terminar la conversación telefónica me dijo: “Te espero a las cuatro”.
Ese sábado había culto juvenil en mi iglesia, yo era directora de la Escuela Sabática Juvenil y contábamos con alrededor de 80–100 jóvenes. Este culto era organizado una vez al mes y comíamos todos juntos en la cafetería del templo, para después salir a hacer obra misionera. Ese día, habíamos planeado obsequiar canastas con víveres y además visitar dos asilos.
A la hora de la comida, alguien me preguntó cómo iban las cosas en mi trabajo, a lo que respondí que el día viernes había sido mi último día, porque mi jefe me había citado a una reunión de Consejo ese sábado y no me iba a presentar, lo cual traería como consecuencia el despido. Los jóvenes se preocuparon, sin embargo, personalmente confiaba en que Dios estaba al control.
El lunes llegué con algunas cajas para recoger mis cosas. Tan pronto entré al edificio, las recepcionistas me dijeron que mi jefe me esperaba, así que le entregué las cajas a mi asistente y ella, con cara de tristeza, me preguntó que por qué no había ido el sábado, que mi jefe estaba muy molesto. La oficina de mi jefe estaba al centro de ese piso del edificio, era inmensa y de las cuatro paredes que la conformaban, tres eran de cristal. Cuando mis compañeros me vieron caminar hacia ese lugar, mostraban rostro de compasión pues sabían que me despediría.
Ingresé a la oficina, mi jefe estaba sentado con un rostro que reflejaba molestia, no me invitó a sentar sino que se concretó a preguntar :”¿Por qué no viniste el sábado al Consejo?, fuiste la única que no asistió. Sabías que era un asunto importante y urgente”; a lo que respondí: “Lo siento, sólo que cuando ingresé a laborar a esta firma y que usted amablemente me dio la oportunidad de colaborar con su equipo de trabajo, solicité un día para descansar, y fue el sábado”. Entonces él dijo: “Pero no era trabajo, no ibas a trabajar, solo era emitir una opinión respecto a un solo asunto de la agenda. ¿Por qué no viniste?”.

Continuamos el diálogo con mi respuesta: “No vine porque hace muchos años hice un pacto y, antes que mi trabajo, está el cumplir con ese pacto. Y lo hago por amor y con una firme convicción”. Intrigado, él preguntó: “¿Un pacto, con quién?, ¿de qué estás hablando?” y ahí aproveché para explicarle: “Un pacto con Dios… Dios nos da seis días a la semana, para realizar trabajo o efectuar alguna actividad lúdica o estudiar, pero el séptimo día que es el sábado, es su día, es el Día del Señor, es el día especial para meditar en su amor, para adorarle y alabarle”.
Después de escucharme, me comentó: “Realmente no comprendo, sabes que hay abogados socios de la firma y seniors que profesan su fe y guardan el domingo, pero si yo les pido que vengan en domingo a reunión de Consejo o a trabajar, lo hacen… ¿Por qué eres diferente? ¿por qué eres firme en lo que crees? Por favor, toma asiento y cuéntame un poco más acerca de lo que crees…” y agregó: “¿Ya desayunaste? Está por llegar mi nutrióloga con el desayuno, solo que yo soy vegetariano”.
A continuación, le compartí acerca de nuestra doctrina adventista y, mientras conversábamos, llegó la nutrióloga; él le comentó que yo también guardaba el sábado, entonces la nutrióloga me preguntó si era adventista y cuando le dije que sí, nos abrazamos efusivamente. El presidente de la firma estaba atónito, no entendía nada; nos preguntó si nos conocíamos, respondimos que no pero que éramos parte de la GRAN FAMILIA ADVENTISTA.
Desayuné con él ese día, mientras todos en la oficina pasaban sorprendidos. Se suponía que iba a ser despedida por no obedecer al jefe y faltar a la reunión de Consejo, pero ahora, estaba allí sentada en su oficina conversando amablemente y compartiendo el desayuno con él. Después, le regalé algunos libros del Espíritu de Profecía y, cada sábado, enviaba a sus hijos con el chofer a la iglesia, para que asistieran a la Escuela Sabática y a los clubes. Ha pasado el tiempo pero hasta el día de hoy mantenemos comunicación, el vínculo que desarrollamos a partir de ese día fue de gran bendición. Cuando uno es fiel a las promesas de nuestro Dios, Él nos prospera y nos usa para ser testimonio de su amor y de la verdad.

Actualmente, al ser coordinadora de la carrera de Derecho y dar clases, me gusta aplicar diferentes estrategias de aprendizaje, dar responsabilidad a los estudiantes para que participen y verlos satisfechos del conocimiento adquirido. La integración de la fe en mis clases es muy importante, ya que al estudiar la biblia encuentro mensajes maravillosos para nosotros los abogados y, especialmente, para los estudiantes de esta noble profesión. Mi mensaje para mis queridos estudiantes está en el libro de La Educación, de Elena G. White: “La mayor necesidad del mundo es la de hombres que no se vendan ni se compren; hombres que sean sinceros y honrados en lo más íntimo de sus almas; hombres que no teman dar al pecado el nombre que le corresponde; hombres cuya conciencia sea tan leal al deber como la brújula al polo; hombres que se mantengan de parte de la justicia aunque se desplomen los cielos”.
Estudié Licenciatura en Derecho y Ciencias Sociales en la Universidad Autónoma de Nuevo León; posteriormente una Maestría en Derecho Empresarial y una Especialidad en Estrategia Fiscal, ambas en la Universidad de las Américas Puebla. Me gradué con mención honorífica tanto de la carrera, como del posgrado. Además, convalidé mis estudios en la Universidad de Houston y tengo licencia para ejercer la abogacía en los Estados Unidos de América. He participado como vocera ante el Senado de la República y brindado servicio voluntario en el Consulado de México en Houston, en el Departamento de Protección al Mexicano.

Como feligrés de la Iglesia Adventista he sido maestra de Escuela Sabática y me gusta organizar reuniones de recepción de sábado con los estudiantes, para generar lazos de amistad y vínculos sociales. Además, promuevo una cultura de la legalidad por medio de los programas televisivos “Tea & Talk Legal” y “Tu Derecho”, producidos por UMTV, el canal de televisión de la Universidad de Montemorelos.
Siempre he amado enseñar y agradezco a Dios la oportunidad de trabajar en la Universidad de Montemorelos, donde combino mis dos grandes pasiones: la abogacía y la docencia.
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