La importancia de una buena decisión: lecciones de la pandemia, parte III
Puede ser que alguien piense que una decisión personal, en la dirección correcta, no afectará los resultados finales, pero se equivoca.

Según la mejor información disponible hasta el momento, el virus SARS-COV-2, causante de la Covid-19, proviene del murciélago. Parece que del murciélago pasó al pangolín, un animal típico de Wuhan, en China, que es consumido por las personas del lugar como un plato muy apetecible. No pudieron nunca imaginar estos individuos que su particular dieta alimenticia traería tan graves y funestas consecuencias a la humanidad entera.
Aquí va otra lección para nosotros. No somos islas, desconectados del resto de los humanos o del entorno. Estamos interconectados y somos interdependientes. Nuestras decisiones personales no solo nos afectan individualmente, sino que además tienen un impacto en las personas que se relacionan con nosotros, incluso las que están más allá de nuestro círculo privado conocido. Tenemos por lo tanto, una responsabilidad social
ineludible. La Biblia lo subraya de esta manera:
“Por medio de un solo hombre el pecado entró en el mundo, y por medio del pecado entró la muerte”.
No pudo nunca sospechar Adán, ni tampoco Eva, que su decisión personal afectaría de tal manera la raza humana por tanto tiempo. Era imposible para él dimensionar los catastróficos resultados de su error.
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¿Estamos nosotros conscientes del impacto de nuestras decisiones más privadas? Cuando elegimos con quien nos vamos a casar, por ejemplo, ¿pensamos en la clase de hijos que traeremos al mundo, la generación que estamos propiciando? Cuando decidimos dónde vivir, ¿pensamos en el ambiente en el que nuestros hijos crecerán y las influencias a las que estarán sometidos? Cuando pisamos el acelerador de nuestro auto, ¿estamos conscientes del peligro que corremos, no solo nosotros, sino el resto de conductores y transeúntes que deambulan a nuestro alrededor?
En el marco de la salud, como es el caso de la pandemia, pocas veces se nos invita a pensar en esto. Toda la esperanza se ha colocado en las vacunas, pero nadie -o pocos- sugiere que cambiar nuestros hábitos alimenticios podría ser la verdadera solución a largo plazo. Este no será el último virus que aparezca; mientras sigamos manipulando la naturaleza a nuestro antojo, seguiremos creando nuestros propios problemas. La historia de la raza humana sería completamente otra si, hace 6 mil años, aquella parejita en ese hermoso lugar del Edén, hubiese controlado mejor su apetito.
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La manera como elegimos comer no solo puede causar daños colaterales tan terribles como la Covid-19. La verdad es que nuestros hábitos o estilo de vida, han determinado los cambios en el medio ambiente; el abuso de los recursos naturales, la contaminación de las fuentes de agua, las economías de las naciones, la deforestación, la alteración del clima y, en general, la calidad y cantidad de vida de los seres humanos, pero también la de los animales y las plantas.
Puede ser que alguien piense que una decisión personal, en la dirección correcta, no afectará los resultados finales, pero se equivoca. Una buena decisión siempre será buena y estimulará a otros a hacer lo correcto.






