Escogidos para la misión y llamados a anunciar la luz de Cristo
La Biblia recuerda que nuestra identidad en Cristo nos lleva a vivir por su gracia y participar activamente en la misión antes de su regreso.
En un tiempo marcado por la confusión espiritual y la sobreabundancia de opiniones, la Biblia eleva la poderosa verdad de que hemos sido escogidos por Dios para una misión. Este llamado no comienza con lo que hacemos, sino con quiénes somos en Cristo.
El apóstol Pedro lo expresa en 1 Pedro 2:9: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable”. Antes de enviarnos, Dios nos afirma. No somos fruto del azar ni simples espectadores de la historia; somos pueblo de Dios, alcanzados por su misericordia y llamados a proclamar su luz.
Sin embargo, vivir esa identidad requiere un fundamento sólido. En un tiempo donde abundan interpretaciones personales y supuestas manifestaciones espirituales, el llamado es volver a la Biblia como autoridad suprema. La fe no puede descansar en emociones, rumores o figuras humanas, sino en la Palabra de Dios. La Escritura advierte que en los últimos días habrá engaños; pero también es clara al afirmar que el regreso de Cristo será visible y glorioso. No será un evento secreto ni local, todo ojo le verá.
Esa certeza bíblica nos conduce al corazón del mensaje cristiano… la justicia de Cristo. Según Efesios 2:8–10, somos salvos por gracia, no por obras, para que nadie se gloríe. La salvación no se construye con esfuerzos humanos; es un regalo nacido del amor de Jesús.
Esta justicia se experimenta en tres dimensiones que dan coherencia a la vida cristiana.
Primero, la justicia justificadora. Cristo nos declara justos y nos cubre con su perfección.
Segundo, la justicia santificadora. Transforma nuestro carácter día tras día.
Tercero, la justicia glorificadora. Se revelará plenamente cuando Jesús regrese. Este es el centro del evangelio eterno proclamado en Apocalipsis 14:6–12: un mensaje que une gracia, obediencia y esperanza.
Pero ¿cómo responde alguien que ha sido alcanzado por esa gracia? La experiencia del profeta en Isaías 6 ofrece una respuesta clara. Al contemplar la santidad de Dios, Isaías reconoce su indignidad: “¡Ay de mí! que soy hombre de labios inmundos”. La verdadera adoración revela la grandeza de Dios y nuestra necesidad.
Sin embargo, el relato no termina en temor. Un carbón encendido del altar toca sus labios, simbolizando perdón y purificación. Dios no llama a personas perfectas; transforma a quienes llama. Solo después de experimentar esa gracia, Isaías escucha la pregunta divina: “¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?”. Y entonces responde: “Heme aquí, envíame a mí”.
Aquí se conectan identidad, gracia y misión. Somos escogidos, somos limpiados por la justicia de Cristo y, como resultado, somos enviados. La misión no nace de la culpa, sino de la gratitud. No es una obligación fría, sino una respuesta amorosa.
Jesús reafirmó este llamado en la Gran Comisión: hacer discípulos de todas las naciones, bautizar y enseñar, con una promesa que sostiene cada paso: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. La misión no se realiza en soledad; el cielo acompaña a quienes aceptan el desafío.
Vivimos en un momento solemne de la historia. Las señales del tiempo apuntan al regreso cercano de Cristo. El próximo gran acontecimiento será su aparición gloriosa en las nubes del cielo. Esa esperanza no produce pasividad, sino compromiso. Si creemos que Jesús viene pronto, entonces hablar de Él se vuelve urgente.
Por eso, el llamado es personal. No es simplemente “alguien debe ir”, sino “yo iré”. Dondequiera que estemos —en el aula, en la familia, en la comunidad o en cualquier lugar del mundo— Dios nos invita a participar en su obra final de esperanza.
La pregunta sigue resonando desde el cielo: “¿A quién enviaré?”.
Y la respuesta que transforma la historia comienza con dos palabras sencillas y poderosas:
Así que, como Isaías, digamos con convicción:
“Heme aquí. Envíame a mí. Yo iré.”
Artículo basado en el mensaje presentado por el pastor Ted N. C. Wilson, expresidente de la Iglesia Adventista del Séptimo Día Mundial, durante el Festival de Misiones 2026 de la Universidad de Montemorelos.
Reportera de campo: Lisandra Vicente, editora: Brenda Cerón.






