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Hoy voy a usar la imaginación y te invito a usar la tuya…

La voz se ha corrido por todos lados ¿Será posible? ¿Será que este Jesús sea el Mesías? ¿Será que ha llegado el tiempo en que se cumplirá la profecía? Estas son algunas de las preguntas que me hacía mientras caminaba hacia el monte donde dijeron que Jesús estaba. Al acercarme, noté que había mucha gente, y entre empujones y pisotones me fui colando hasta llegar al frente, hasta poder ver al gran Maestro a los ojos mientras que, seguramente, se proclamaría el libertador al que hemos esperado.

Aquí hacemos una pausa y haremos como si en este sermón del monte no existieran las bienaventuranzas. ¿Qué hubiera pasado si Jesús hubiera empezado su discurso con las analogías de que somos “la sal” de la tierra y “la luz” del mundo? ¿Puedes imaginar la escena?

  • “Vosotros sois la sal de la tierra…” En ese momento puedo escuchar el estallido de triunfo de la audiencia. “Vosotros sois la luz del mundo…” Otro estallido de emoción aún más fuerte. ¡Claro que somos la sal de la tierra, somos los que le damos el sabor al mundo y claro que somos la luz!, ¡por fin seremos cabeza!
  • Jesús continúa… “No penséis que he venido a abolir la Ley o los profetas; sino a cumplir…” Y la audiencia exclama “¡Hemos guardado la la Ley y los profetas! ¡Estamos listos!”
  • Jesús sigue hablando mientras la multitud reacciona a cada uno de los puntos del discurso:

-Saben que no deben matar, pero les digo que no se enojen contra su hermano.

-No cometan adulterio y ni siquiera tengan pensamientos de lujuria hacia otro hombre o mujer que no sea su cónyuge.

-No se divorcien, manténgase juntos, claro con excepción de fornicación.

-No anden jurando, más bien sean personas que su sí, sea sí y su no, sea no. Tengan honor en esto.

-No hagan venganza sino sean condescendientes (Claro que aquí no hubo muchos aplausos, pero está bien, ¡se puede, se puede!).

-Amen a sus enemigos (¿Amar a los enemigos? Aquí sí hay un problema, pero bueno, por lo menos podemos hacer como que amamos a los romanos).

-Den limosna y no hagan un escándalo al darla.

-Oren constantemente, busquen estar solos con su Dios.

-Ayunen pero que nadie se entere, esto es entre tú y tu Dios.

-Los tesoros no se hacen aquí sino en el reino de los cielos (Aquí también irrumpe una exclamación de júbilo: ¡volveremos a tener un reino de nosotros!)

-No se preocupen por lo que han de comer o vestir, vuestro Dios suplirá todo lo que necesiten (¡Claro que si!).

-No anden juzgando a los demás, preocúpense cada quien por sí mismos.

-Pidan y se les dará (¡Claro que sí! Todos exclaman con alegría).

-El camino que viene no será fácil pero valdrá la pena.

-Sus acciones revelarán quiénes son ustedes, hagan el bien.

-No todos los que quieran entrar a mi reino entrarán (Claro que todos sabemos que nosotros si entraremos, ¡Somos judíos!).

-Construyan su futuro en la roca, construyan su futuro en mí (Toda la gente está eufórica, ¡estamos seguros que este es el Mesías!).

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Si notamos, podemos ver que sin las bienaventuranzas el discurso de Jesús es como un “check list” y, si somos sinceros, este “check list” aplica para nosotros también. Estos requisitos muy bien se pueden hacer -o por lo menos fingir que los hacemos-, pues nadie notaría lo que hay en nuestro corazón. Solo con disciplina y con mucho cuidado, estoy seguro que podemos engañar a uno que otro. Peroooooo, Jesús no empezó así ¿verdad?

El problema con este discurso es que, de entrada, Jesús se aseguró de dejar bien en claro que el requisito principal para pertenecer a su reino es:

  • Ser pobre en espíritu: Reconocer que todos esos “requisitos” no se fingen al exterior, no se disciplinan a lograrlo por esfuerzo propio. El éxito del cumplimiento de estos requisitos viene de reconocer que no podemos.
  • Llorar: Hay que poder reconocer nuestras limitaciones y derramar nuestro espíritu ante los pies de Cristo.
  • Ser manso: Poder estar sereno en cualquier circunstancia, dejar que Cristo pelee nuestras batallas.
  • Tener hambre y sed de justicia: Estar activos en favor de los desprotegidos, ser sensibles a las necesidades de los demás antes de las propias.
  • Ser misericordioso: Poder estar consciente de la misericordia de Cristo en mi vida y así poder tener misericordia con nuestros hermanos.
  • Tener un corazón limpio: Desear el bien a todos, construir nuestros pensamientos con elementos puros, nobles y celestiales.
  • Ser pacificador: No buscar la guerra, más bien buscar la paz. Ser agentes de paz.
  • Ser fiel: Ante todas las cosas que nos rodean, estar firmes en Cristo, estamos en este mundo pero no somos de este mundo.
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1. No enojarse (Autocontrol, pedir perdón, llevarla tranquilo).

2. No cometer adulterio (No poner los cuernos, no mirar con lujuria, respetar tu matrimonio).

3. No te divorcies (Aprender a ceder, llevarla tranquilo).

4. No andes jurando, que tu sí sea sí y tu no sea no.

5. No te vengues, no guardes rencor.

6. Ser amable sin alardear, discreto, haz el bien sin mirar a quién.

7. No presumas tu religiosidad.

8. Si ayuno, que nadie se entere (sin dar lástima, no a tirarse al piso).

9. No te hagas rico a costa de los demás, más bien comparte (ser consciente de mi privilegio).

10. No amar la riqueza, no aferrarse a ella (sensibilidad con los que menos tienen).

11. Confianza en un poder más grande que uno mismo.

12. No juzgar a los demás, ponerte en los zapatos de las demás personas.

13. Dar buenos frutos, hacer el bien, obras públicas, servicio comunitario.

Es muy posible que nuestra vida cristiana está basada en lo que podemos hacer, en lo que podemos mostrar y tristemente en cómo podemos esconder nuestros errores. Esto no traerá jamás satisfacción real. Te invito a fundamentar nuestro cristianismo en la Roca que es Cristo Jesús. Te invito a ser vulnerables ante Cristo y que Él obre en nosotros. Te invito a que el éxito de nuestro cristianismo sea reconocer nuestra debilidad y ser fuertes en Cristo Jesús.

No, este discurso no fue el que esperaban, porque tristemente estamos demasiado ocupados en lo que nosotros podemos hacer y no entendemos que de lo que se trata es de lo que Cristo puede hacer a través de nosotros, si tan solo reconocemos nuestra pobreza espiritual y nos refugiamos en Él; y que esa humillación ante Cristo nos mantendrá de pie ante el mundo, siendo la verdadera Sal de la tierra y la Luz del mundo.