Hoy, 2 de diciembre, se conmemora el Día Internacional para la abolición de la esclavitud, con el objetivo de crear conciencia sobre esta situación.


“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar el evangelio a los pobres. Me ha enviado para proclamar libertad a los cautivos, y la recuperación de la vista a los ciegos; para poner en libertad a los oprimidos”. Lucas 4:18

La esencia de la raza humana radica en su capacidad de crear y de vincularse con su entorno. Esta esencia que trasciende a lo largo de la historia de la humanidad no puede ser concebida sin un factor, también determinante, como lo es la necesidad de vivir en libertad.

El ser humano lucha, anhela, defiende, predica por su libertad… y es justo lo contrario a este estado de libertad, el verdugo que ha castigado a millones de personas en diferentes épocas, lo que más nos aterra como especie. Por ello, en el Día Internacional para la Abolición de la esclavitud es necesario mantener una reflexión de cómo en el pasado hemos sido capaces de esclavizar a otros seres humanos o se han normalizado situaciones de esclavitud, privando de su libertad a personas iguales que todos nosotros.

Generalmente, se piensa en la esclavitud como un momento oscuro en la historia del mundo, como una reliquia del pasado que ha sido sepultada por el progreso mismo de las sociedades; sin embargo, actualmente las formas en que este mal subsiste son variadas y sumamente dolorosas.

La esclavitud moderna puede abarcar prácticas indignantes como el trabajo forzoso o el matrimonio forzado. Según la Organización mundial del trabajo (OIT), más de 40 millones de personas en todo el mundo son víctimas de esclavitud moderna y la cuestión de género también se hace presente en este problema social, ya que alrededor de 29 millones de la cifra anterior corresponde a mujeres y niñas en diferentes partes del mundo.

El trabajo infantil también corresponde un gran problema social que esclaviza y roba infancias alrededor del mundo. Aproximadamente, 152 millones de niños y niñas están sujetos a trabajo infantil en una proporción de 88 millones y 64 millones, respectivamente.

Escenarios así no deberían ser más parte de la historia de este mundo. Gozamos de un desarrollo tecnológico impresionante, además de sistemas democráticos ampliamente conceptualizados para garantizar la libre determinación de las personas, asegurando un espíritu garantista y progresista de las leyes. Es una deuda terrible que, en pleno siglo XXI, aún se tenga que enfatizar la necesidad de impedir que formas esclavizantes gobiernen la vida de millones de personas que, al igual que todos nosotros, deberían disfrutar y gozar de muchas libertades.

Nada quebranta más al ser humano que las cadenas impuestas; pudiera ser que no las vemos como en la antigüedad, pero ahora se manifiestan de maneras más simbólicas, más estructurales, más injustas, robando el acceso a las oportunidades y creando realidades en donde creemos que la desigualdad social es decisión individual y no un serio problema colectivo. Esta sería la esclavitud moderna más violenta de todas.

Es necesario que en este día de compromisos y de diálogos acerca del yugo de la esclavitud, procuremos comprometernos con la postura de la libertad del ser humano, situación que debe ser promocionada desde todos los espacios posibles y con mayor énfasis en cada centro educativo. Hace más de tres siglos se enunció un lema que movió a la gran rueda de la historia: “igualdad, fraternidad y libertad”. Posiblemente sea hora de recordarlos nuevamente.