“Nuestra comarca del mundo, que hoy llamamos América Latina, fue precoz: se especializó en perder (…) Continúa existiendo al servicio de las necesidades ajenas, como fuente y reserva del petróleo y el hierro, el cobre y la carne, las frutas y el café, las materias primas y los alimentos con destinos a los países ricos que ganan, consumiéndolos, muchos más de lo que América Latina gana produciéndolos”. Eduardo Galeano

Este 12 de octubre se conmemoran 528 años del llamado “Descubrimiento de América” por parte de Cristóbal Colón, en 1492. Esta parte del relato oficialista de la historia, ha quedado fijado para que los pueblos latinoamericanos e hispanoamericanos reproduzcan este hecho originario como recordatorio constante de un abrupto encuentro entre dos mundos.

¿Se puede hablar de un descubrimiento como tal? o ¿se debe celebrar un descubrimiento de este tipo? En definitiva, el relato sobre la conformación del continente americano requiere de un análisis más profundo. No se descubrió un mundo sin habitar, ya se contaba con civilizaciones complejas e imperios que gobernaban desde su propia visión del mundo como los aztecas, mayas o incas.

Esta historia de encuentro y ruptura ha generado una serie de narrativas que, 500 años después, siguen causando conflictos sociales y puntos de quiebre en las sociedades latinoamericanas. La historia de este encuentro histórico se puede resumir en una historia de saqueo, exterminio, genocidio, colonización, mestizaje, esclavismo e imposición ideológica por parte de aquellos que sintieron el derecho de reclamar como suyo algo que no les pertenecía.

El término raza, por ejemplo, que ha sido usado como concepto para diferenciar a los grupos humanos desde el siglo XVI, está más que superado por la academia y los estudios genéticos. La humanidad es una sola especie, por lo tanto, una sola raza. Seguir manteniendo este término como concepto de uso histórico solo engrosa las divisiones ideológicas y de entendimiento entre los pueblos, y la historia de los grupos americanos ha sido fiel testigo de lo barbárico que es mantener un discurso racista sobre las diferencias que como humanidad representamos. De lo que sí podemos hablar es de etnias con características biológicas y culturales reconocidas, por lo que es evidente que en México no existe un único grupo predominante.

En algún tiempo, aspirábamos a llenar la denominación de la “Raza de bronce”, un término usado por el poeta Amado Nervo y retomado por José Vasconcelos para su proyecto educativo transformándolo en la “raza cósmica”, tratando de otorgarle una personalidad al mexicano que -ya desde su origen de ruptura- ha estado muy preocupado por saber quién es y de dónde viene.

El aporte en el siglo XXI desde los espacios educativos, sería reconocer la gran diversidad y riqueza que como pueblos y colectivos latinoamericanos hemos desarrollado, a la vez de ser conscientes del despojo que la región en cuestión ha sufrido por siglos en favor de otros intereses. Más que nunca es necesario reconocer el valor de lo local, de lo atractivo que representa el pensar de manera más horizontal y colectiva, fuera del pensamiento hegemónico, en la búsqueda de soluciones más sustentables que impulsen y desarrollen lo local como un acto de reparación con el pasado violento que nos dio origen.

Es el tiempo de pasar de conmemorar un día de la raza a un día de la multiculturalidad.