La llegada de un nuevo año es una coyuntura que puede resultar animadora, desafiante, prometedora o como cada quien la quiera ver.

No importa cuántas cosas buenas o malas constituyan el recuento de los hechos del año que se va, en todo caso se ha ido; por lo que la llegada de un nuevo año ofrece una promesa, una oportunidad, una nueva página en la cual escribir. La emoción de lo nuevo también está implicada en esta transición coyuntural: un “nuevo año”, una “nueva oportunidad”, “cerrar y abrir un nuevo ciclo”. ¿Quién no siente emoción ante lo nuevo?

Al visualizar este nuevo ciclo de 365 días, conviene dar un vistazo a la responsabilidad que asumimos ante Dios, ante la vida, ante nosotros mismos y ante las demás personas. Esta responsabilidad se puede dividir en tres partes, en función de la perspectiva del tiempo: responsabilidad ante el pasado, el presente y el futuro.

Responsabilidad ante el pasado

Un conocido refrán dice: “ya lo pasado, pasado”. Pero no se debe ir tan rápido, pues aunque el pasado ya pasó, sería poco sabio ignorarlo completamente. Conocer la historia nos hace responsables del aprendizaje, lo que implica no repetir los mismos errores que cometimos o que cometieron quienes nos precedieron.

De igual manera, el conocimiento del pasado nos ofrece un insumo de inspiración, al repasar la vida y la obra de personas que han dejado una huella positiva y que constituyen referentes a los cuales podemos buscar imitar.

Responsabilidad ante el presente

También es conocido el refrán que dice así: “Vive el presente”. Este se refiere a la imposibilidad de hacer algo con lo que ha pasado, pues no se puede cambiar, y a evitar la ansiedad por el futuro que aún no ha llegado.

¡Qué valioso es contar con un presente! Al final de cuentas lo tenemos y no, pero es lo que tenemos. Es decir, el presente se compone de dos momentos efímeros que transcurren como en una veloz sucesión en la que cada “instante” futuro, en la medida que llega, es apenas para convertirse en pasado; dejando al presente sin oportunidad de extenderse más allá de la sórdida inmediatez de cada siguiente “instante”.

Pero, para efectos prácticos, el presente es el único tiempo que podemos decir que disponemos, por lo que es en el que suceden nuestras decisiones y acciones. Es en el tiempo presente en el que pensamos, decidimos, actuamos, recapacitamos y vivimos las consecuencias de lo que decidimos y hacemos. Por lo tanto, es en este tiempo en el que debemos ponderar nuestra responsabilidad mayor.

Vivir el presente con sabiduría implica que se valoren lo suficiente las enseñanzas del pasado y que se proyecte con madurez el rumbo que se le quiera dar al futuro, de acuerdo con un plan de vida. Solo viviendo un presente que mira con responsabilidad hacia el pasado y hacia el futuro, puede alguien preciarse de sabio.

Responsabilidad ante el futuro

“Arquitectos de nuestro propio destino”. Con estas palabras, atribuidas al connotado científico alemán Albert Einstein, podemos vislumbrar la gran responsabilidad de las decisiones que tomamos hoy, al saber que estas tendrán un impacto en el futuro.

Esta responsabilidad es la más trascendental, pues le da lugar al legado que cada uno dejará a las siguientes generaciones. Toda decisión y toda acción tiene consecuencias, y estas se manifiestan en algún momento del futuro, ya sea cercano o lejano.

Buenos propósitos

Y, al comenzar un nuevo año, qué excelente oportunidad de hacer un alto para hacer un inventario personal, analizar, evaluar y -en seguida- redireccionar, ajustar, corregir… o bien, afirmar el rumbo.

No se puede dejar de lado la realidad de que estamos haciendo historia. Y, sea que otros lo sepan o no, esto entraña una responsabilidad de vida, definir propósitos y encontrarle el sentido a lo que hacemos; de manera que se cumpla la máxima de Moisés registrada en el Salmo 90 cuando dice: “Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría.” (Salmo 90:12).