Más que cruzar la meta
El valor del proceso que te lleva a cruzar la meta.
Es muy usual romantizar cruzar una meta. En todas las plataformas digitales, hay muchos videos disponibles donde podemos ver la sonrisa, la satisfacción de haber terminado una carrera. Cuando se ven este tipo de videos, podemos imaginarnos a nosotros mismos cruzar esa meta, sonriendo y siendo celebrados por el público, celebrados por las personas que nos rodean y hasta nos podemos imaginar dando testimonio de lo duro que fue, pero que finalmente se logró el objetivo.
Este tipo de ejercicio, donde vemos los resultados de los esfuerzos de otros sin haber presenciado todo el proceso de preparación, puede ser peligroso, porque queremos experimentar esos logros sin tener idea lo que costó llegar hasta ese lugar. Esto no está limitado a eventos atléticos, generalmente somos testigos de los logros de personas en ámbitos académicos, políticos, familiares, sociales, etc. pero no tenemos idea de lo que costó realmente llegar a esos logros. Entonces, cuando vemos estas historias de éxito, generalmente nos concentramos en el resultado y nos embarcamos en proyectos ambiciosos sin considerar todos los obstáculos que se presentarán, la disciplina que se debe ejercer, la constancia y esfuerzo que se debe invertir. Es por esto que, después de uno o dos fracasos, nos desanimamos y encontramos cualquier excusa para dejar de perseguir esa meta, porque simplemente es muy difícil.
En el libro de Hechos, capítulo 20, de la Biblia, Pablo hace un discurso de despedida. Él sabe que ya no volverá a ver a sus hermanos de esa región, y que es cuestión de tiempo para que las autoridades judías o romanas lo aprendan. Pablo tenía una relación con Dios tan cercana que ya el Espíritu Santo le había dado a conocer que estaba por terminar su carrera. Sí, Pablo comparó su vida con una carrera. Una carrera que estuvo llena de dificultades, de cárcel, persecución, milagros, satisfacción, amistades y, sobre todo, de caminar con Cristo en todo momento. Pablo habla de la coherencia que ha vivido desde el primer día que llegó a Asia, siendo humilde y sensible a las indicaciones de Dios, testificando del evangelio y exhortando al arrepentimiento, dando testimonio de la fe de Cristo Jesús y su reino de gracia. Se puede ver a Pablo satisfecho, entusiasmado, y aunque sabía que se venían tiempos muy difíciles, él había cumplido, sabía que había cruzado la meta.
Es muy atractivo verse en los zapatos de Pablo, un misionero exitoso, no por méritos propios sino al dejarse guiar por Dios, querido por los hermanos de Asia, respetado por los líderes de la iglesia primitiva, mentor de muchos, precursor del evangelio a los gentiles…¡Claro que es atractivo! Pero, así como en las carreras, no podemos motivarnos a querer ser como Pablo basándonos en el éxito y satisfacción que demuestra aquí, a menos que también estemos dispuestos a pasar por todo el proceso que pasó Pablo.
Así que, cuando te encuentres motivado por el éxito que ves en alguien más, recuerda que el verdadero éxito no es haber llegado a la meta, sino la suma de todos los esfuerzos, fracasos, disciplina, constancia y dependencia de Dios durante la carrera.
Editora: Laura Marrero y Brenda Cerón.






