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La iglesia cristiana: más que una comunidad, un movimiento eterno

Tu papel en la iglesia puede marcar la diferencia en la misión que Cristo encomendó hace casi dos mil años. Una reflexión de 1 de Corintios 16.

Fotografía por: Universidad de Montemorelos / Israel García.
Fotografía por: Universidad de Montemorelos / Israel García.

Como miembros de la gran familia cristiana, nuestra contribución al avance del evangelio es indispensable.

Cuando decidimos seguir a Cristo, estamos entrando a un movimiento fundado por Él mismo y sostenido por el Espíritu Santo a través de personas como tú y yo, por casi dos mil años. Este movimiento, que comenzó de forma humilde, ha atravesado tribulaciones, persecuciones y también ha experimentado victorias asombrosas. Es fundamental volver la mirada a la historia de la iglesia cristiana, a sus inicios y evolución, para no perder de vista su propósito y destino.

Creo que cuando una persona entrega su vida a Cristo y se une a la iglesia, lo hace por una de dos razones principales:

1. Ser parte del movimiento

Cuando nos unimos al movimiento cristiano, lo hacemos impulsados por convicciones que este mundo no siempre entiende. Lo que buscamos es dar a conocer a Cristo y anhelar su regreso. Estamos dispuestos a dejar de lado distracciones y a colaborar, individual o colectivamente, en la misión. Por más pequeño que parezca el aporte, cada esfuerzo en favor del evangelio es valioso.

Fotografía por Jetstream.
Fotografía por Jetstream.

Oramos unos por otros, ponemos nuestros talentos, habilidades y recursos al servicio de la iglesia, con el propósito de que más personas conozcan a Cristo y le entreguen su vida. Reconocemos el valor de cada creyente y nos tratamos como familia, celebrando juntos las victorias y acompañándonos en las dificultades. No importa si nos conocíamos antes o no: el vínculo común es Cristo, y eso nos hace hermanos en la fe.

2. Entrar a un club social

Hoy, en buena parte del mundo, la iglesia disfruta de libertad y prosperidad. Con un tercio de la población mundial identificándose como cristiana, ser parte de la iglesia se ha vuelto algo común. Pero esto también ha traído una pérdida de urgencia respecto a la misión. Cuando alguien se une a la iglesia solo porque está de moda, porque su entorno lo hace, o por buscar calma espiritual sin compromiso, lo hace por conveniencia, no por convicción. Esto genera frustración y, eventualmente, división.

La obra de Cristo no puede ser vista desde la comodidad personal. Su propósito al dejarnos la Gran Comisión no fue garantizarnos una vida confortable, sino formar una iglesia que se apoye mutuamente, que se anime mientras comparte su amor y anuncia su regreso. Qué valioso es reconocer y apoyar a quienes entregan su vida por esta causa. Tal vez tú no estés en las trincheras, pero puedes ser ese apoyo fiel que da ánimo, crea un ambiente seguro y mantiene viva la llama de la misión.

Seamos parte de la iglesia con convicción, recordando que somos una familia en Cristo, llamados a avanzar juntos para proclamar su amor y su pronto regreso.

Editora: Laura Marrero y Brenda Cerón.

Oscar Castillo

Autor
Director de coros, maestro en la Escuela de Música y desarrollador de negocios en ProMusic de la Universidad de Montemorelos.
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