Navidad… esa época del año que a muchos nos encanta porque disfrutamos especialmente de la compañía de la familia o amigos, los regalos, las comidas tradicionales y también podemos detenernos a reflexionar sobre todas las bendiciones recibidas durante el año que está finalizando. Una época que, en muchos de nosotros, evoca un sentido de unión y saca a relucir buenos sentimientos como el amor, la gratitud, la generosidad y la esperanza.

La Navidad, como celebración, es una tradición que heredamos a consecuencia de la conquista española. Y aunque hay muchas creencias sobre su origen y significado, en esta ocasión no hablaré sobre eso, sino que me centraré mejor en recordar el significado que esta fecha tiene para nosotros los cristianos: el nacimiento de Jesús. Por eso, quiero abrir una ventana a la historia bíblica para que podamos recordar -y también imaginar- juntos lo que ocurrió hace poco más de 2 mil años en Belén, un pueblo ubicado en territorio del actual país de Israel…

Eran los días del Rey Herodes gobernando en Judea y de Augusto César, en Roma. Aunque Judea era un reino independiente, se regía por las leyes romanas, como muchos otros lugares en esa época. En esos tiempos, Augusto César promulgó un edicto que decía que todos debían “empadronarse”, es decir, tenían que ir a sus ciudades de origen para registrarse en un censo.

José, un descendiente de la familia del Rey David, vivía junto a su esposa María en Nazaret, una ciudad de Galilea. Al estar recién casados, José se enteró que María estaba embarazada, por lo que para no perjudicarla pensó en dejarla sin que la gente se diera cuenta. Sin embargo, una noche un ángel se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es” (Mateo 1:20). Después de eso, José ya no tuvo ninguna duda de que lo que María estaba viviendo, aunque para muchos pudiera ser poco creíble, realmente era un milagro. En el sueño, el ángel incluso le dijo el nombre que debían poner al niño cuando naciera: “Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21).

Cuando se promulgó el edicto romano, la pareja tuvo que emprender un viaje de más de 120 kilómetros desde Nazaret hasta Belén, la ciudad de David. Seguramente se llevaron un asno, ya que ese era el medio de transporte -y carga- tradicional de la época, además de los camellos; pero aún así fue un viaje agotador que duró alrededor de seis días. En esos tiempos, los caminos no estaban pavimentados y la zona era montañosa, lo que dificultó el recorrido; además, María estaba llegando al término de su embarazo, por lo que la travesía se hacía más difícil.

Fueron muchas horas de caminata, dormir en posadas o probablemente al aire libre y comer lo más rápido y sencillo que hayan podido empacar para el viaje. Para colmo, cuando finalmente llegaron a Belén no había espacio disponible en ninguna posada. Buscaron por todos lados, sin éxito, hasta que finalmente un mesonero -conmovido por la situación de la pareja pero sin espacio en su posada- les ofreció quedarse en su establo, junto a sus animales. Por lo menos así podrían resguardarse esa noche. Al no tener más opción, la pareja aceptó y se quedaron en el establo.

Foto de Burkay Canatar en Pexels

Esa noche, los animales que se encontraban en ese lugar fueron los únicos testigos del evento que cambiaría para siempre la historia de la humanidad… María dio a luz y pudo tener entre sus brazos a ese bebé que tendría la misión más difícil e importante del universo:la salvación de la raza humana. Esa noche fue un momento crucial en la historia y, a ese humilde lugar, pronto llegaron unos magos de oriente (que conocían la profecía y habían sido guiados por una estrella) con regalos y ofrendas para el niño, así como un grupo de pastores que -advertidos por los ángeles- tampoco quisieron perderse la oportunidad de conocer cuanto antes al Mesías prometido.

Esto es lo que verdaderamente celebramos los cristianos en Navidad, haber recibido el regalo del nacimiento de Jesús como una esperanza para el perdón de nuestros pecados. Y, en lugar de discutir sobre la fecha exacta o las tradiciones que se han construido alrededor, lo más importante es poder recordar y conmemorar ese evento que es el que nos permite tener la esperanza de la salvación. ¡Ese es nuestro mejor regalo de navidad!



Referencias:

https://es.aleteia.org/2019/12/23/de-nazaret-a-belen-el-agotador-viaje-de-maria-y-jose/