Transitar las aulas físicas y virtuales convierten la experiencia docente en un gran desafío que sólo con la dirección y ayuda divinas puede llevarse a cabo con óptimos resultados. Impartir −si hay quien todavía lo hace, que no debería ser−, y dirigir las actividades en el aula de clases, no debe realizarse con indiferencia. Jactarnos de que todo lo sabemos, alardear de que nuestras clases son excelentes y ya no pueden ser mejoradas, que nuestras estrategias de enseñanza son las más efectivas o que nadie sabe más que nosotros, es el reflejo de una personalidad con un ego desmedido.

Como docentes debemos ser y mostrarnos verdaderos cristianos: poseer una humilde opinión de nosotros mismos y un espíritu misionero; ser fieles, pacientes y bondadosos; mostrar misericordia, amor, justicia y la paz del Salvador. Debemos aprender, dedicar la mente a instruirnos, para prestar un servicio eficiente; sentir preocupación por las almas y ganarlas para Cristo; ser sensatos en nuestra conversación; orar por los alumnos y manifestarles simpatía y ternura. Debemos revelar el amor de Dios; ser luz para ellos, trabajar de manera ferviente, humilde y perseverante; tener un corazón lleno de simpatía, tolerancia y mansedumbre, con perfecto dominio de nosotros mismos y firmeza de carácter para moldear sus mentes, con una actitud de amigos y consejeros cuyo objetivo es prepararlos para que sean una bendición en este mundo. White (2012).

Necesitamos ser humildes para llevar a cabo esta tarea, la cual requiere, además de mucho esfuerzo personal, las esenciales presencia y dirección del Espíritu Santo para lograr el éxito esperado. Y cuando se nos pida rendir cuentas, éstas reflejen un saldo positivo en favor de la humanidad: un egresado preparado para ser un fiel representante de Dios es esta tierra y un digno hijo de Dios que se apresta para llegar al cielo.

Siempre he considerado que la profesión docente es similar a la del pastor de la iglesia, porque ambas contribuyen en la preparación de los feligreses o los alumnos. En el caso del docente cristiano, la responsabilidad es doble: a los estudiantes no sólo se les apoya en la adquisición de conocimiento y desarrollo de destrezas o habilidades que los preparen para destacar profesionalmente al insertarse en el mercado laboral, sino también como hijos de Dios para cultivar una actitud merecedora de un candidato al reino de los cielos.

El verdadero maestro es aquel que se permite ser guiado por Dios. Es aquel que está con sus alumnos, por sus alumnos, para sus alumnos y a pesar de sus alumnos; que se prepara en todos los aspectos para dar lo mejor de sí mismo en conocimiento, en modelación, en orientación, y como guía y ejemplo en todos los sentidos. Un verdadero maestro sigue el ejemplo del Maestro de los maestros (Jesús), cuyo carácter refleja en todo momento.



Referencias

White, Ellen G. (2012). La educación. Miami: Asociación Publicadora Interamericana.
White, Ellen G. (2012). La educación cristiana. Miami: Asociación Publicadora Interamericana.