¿A quién queremos engañar?
Nunca podremos engañar a Dios, así que todo lo que hacemos debe ser con un corazón sincero y agradecido
Existen ciertas modas que van cambiando y que varían mucho, dependiendo el círculo social donde nos desenvolvemos; el problema surge cuando pretendemos hacer ciertas cosas solo por encajar con un grupo de “amigos” o club social. Por ejemplo, como si alguien a quien no le gusta correr y pocas veces lo hace, usara alguna app para editar sus corridas y publicara en redes sociales evidencias falsas de que corre largas distancias, solo para que lo reconozcan y así sentirse parte del círculo de amigos corredores.
¿Por qué alguien haría tal cosa? ¿Por qué aparentar? Podríamos pensar que esto no pasa, pero es más común de lo que crees, ¡a mí también me ha pasado! Y es que por alguna razón, nos queremos vender con un poquito más de lo que hacemos. Al parecer es más importante lo que digan de mí que lo que verdaderamente soy. Esto pudiera ser insignificante para ciertos aspectos de la vida (como el ejemplo que acabo de dar de correr), pero se va convirtiendo en una costumbre y después lo hacemos en cosas que sí afectan a otras personas. Empezamos a pretender en nuestra vida laboral, familiar e incluso espiritual.
En Hechos 5:1–16 podemos leer la historia de Ananías y Safira, que es un claro ejemplo de cómo podemos llevar esta inclinación a defraudar hasta el punto de querer engañar a Dios. La “moda” de los primeros cristianos era vender sus propiedades y contribuir con el total de la venta para el beneficio común. Este era un acto de compromiso que, por lo menos para mí, es medio difícil de entender, pero así lo hacían en esos tiempos. Me imagino que las personas llegaban con los apóstoles y contaban cómo Dios les había bendecido y querían entregarlo todo para que la misión continuara. Me imagino que había abrazos y palabras de agradecimiento, oraban por los donadores para que nada les faltara, y había una fiesta espiritual.
Ananías y Safira quisieron recibir esas palabras de reconocimiento y gratitud e impactar el círculo de los primeros cristianos, pero no estaban dispuestos a entregarlo todo. ¿Era necesario entregarlo todo? ¡No! Ellos hubieran podido contribuir con la misión donando solo la mitad de su venta e incluso no tenían que dar dinero, podían apoyar con su tiempo o de alguna otra forma. Todo eso hubiera estado perfectamente bien, el problema es que quisieron aparentar más piedad y más compromiso de lo que realmente estaban dispuestos a dar, sin darse cuenta que al que estaban ofendiendo con las apariencias era a Dios.
Hacer cosas por “el qué dirán” está mal. Las cosas que hacemos, especialmente en el ámbito espiritual, deben salir de un corazón agradecido y sincero. Pero pretender, engañar, defraudar para recibir recompensas que no merecemos, ¡esto sí es un problema grave!
No soy nadie para juzgar las acciones de Dios, así que no lo haré. Lo que sí puedo hacer es pedirle a Dios que me ayude a ser auténtico, sincero, coherente ante los demás y especialmente ante Él.
Editora: Laura Marrero y Brenda Cerón.






