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“Yo soy el que da la vida y el que hace que los muertos vuelvan a vivir. Quien pone su confianza en mí, aunque muera, vivirá.” Juan 11:25 TLA

Uno de los temas que más me ha fascinado en la vida y que para mí ha sido motivo de estudio a lo largo de estos años, es la muerte. Este interés lo reflejo en un libro que escribí hace tiempo titulado Cuando nada te satisface. Pero, ¿por qué me interesa tanto el tema de la muerte? Tal vez me preguntes; existen varias razones. Una de ellas, porque es uno de los enigmas que hasta la fecha el hombre no ha podido resolver. Y es que la muerte va relacionado a un tema de gran trascendencia para todo ser humano que piensa y razona: ¿cuál es el sentido de la vida? Esta pregunta puede causar una gran aprehensión y es que la parte ineludible del destino del hombre es morir, entonces, cuál es el sentido de vivir en un mundo donde abunda el dolor más que la felicidad, donde hay más injusticias que justicias y donde hay más tragedias de personas inocentes que la justa retribución a los hacedores de maldad. Alguien dijo con justa razón que «la diferencia entre los animales y los seres humanos, es que los seres humanos pueden interpretar la muerte». Pero el problema no es solo interpretar la muerte, sino darle sentido. Y es justo ahí donde los filósofos se quiebran la cabeza.

Y es que en la medida que creces y te sumerges en la corriente imparable de actividades, propias de la modernidad, pareciera que no hay tiempo para pensar en la muerte. Solo hay espacio para correr y seguir corriendo. Y cuando se dispone de un breve tiempo de ocio, entonces los analgésicos (espectáculos, deportes y entretenimiento) alivian temporalmente ese gran vacío que existe, sin embargo, al final del día, en el lo más recóndito de tu corazón sigue resonando la pregunta: ¿cuál es el sentido de la vida? Entonces, de forma repentina, arriba la muerte y tu dilema se agranda más, pero no se resuelve.

Siempre he creído que solo cuando asistes a un funeral es cuando realmente te pones a pensar sobre la vida, el destino y la muerte. Quizás es ahí donde somos más filósofos y estamos más cerca de encontrar alguna respuesta.

Afortunadamente para el cristiano, sí hay una solución satisfactoria al tema de la muerte: la resurrección de Jesucristo. Porque la cruz sólo tiene sentido a la luz de la resurrección. En ella, hay un antes y un después; en ella Jesús te dice: «no temas yo he vencido lo invencible y volveré otra vez». Un Salvador muerto en la cruz sin resurrección sólo es una pequeña anécdota que se pierde en el vacío de la historia, pero un Salvador que murió en la cruz y resucitó, comunica esperanza y trasciende los tiempos. Este tipo de suceso infunde esperanza, porque lo que parece imposible ahora es posible, es en ese preciso escenario donde Jesús te dice hoy: «no temas yo he vencido lo invencible. Por consiguiente, tu vida sí tiene un sentido y propósito.