Tu cámara no es neutral, también toma partido
Un llamado a usar el lente de tu cámara para anunciar esperanza en medio del conflicto y la oscuridad.
Una tos seca y violenta raspa mi garganta. Los ojos me arden y lágrimas brotan sin control. Un palestino con la cara cubierta con su kufiya me grita: “¡Habibi!” y me da una cebolla. Hace la señal de que me la lleve a la boca y la nariz y respire. Me alivia mucho. Nos recostamos juntos detrás de un muro de piedras y nos echamos a reír, nerviosos. Detrás de nosotros, el ejército israelí está disparando balas de goma y granadas de gas lacrimógeno desde algunos Humvees en nuestra dirección. Estoy en Bil’in, una aldea palestina en resistencia.
—¡Vamos, Uru, corre! —me grita mi amigo mexicano, que aparece de entre una nube densa de humo blanco.
Me cuelgo al cuello mi Nikon D7100 —mi segunda cámara; me la dieron mis padres como regalo de graduación— y corremos por un camino en medio de huertos de olivo, en unas colinas de Cisjordania, huyendo del gas.
Estábamos ahí para contar la historia desde este lado: el de los más débiles, el lado de los jóvenes palestinos que con hondas tiran piedras hacia el “enemigo”, que no les hacen nada.
Michael, un fotógrafo croata que va corriendo delante de nosotros, se voltea con su Canon y su 70-200 mm y nos hace una foto. Después, en un café, la veremos. En la foto, mi amigo y yo salimos como “volando”, con los dos pies despegados del suelo. Reímos al verla, pero nuestras caras en la imagen delatan el miedo que teníamos. Michael sigue deslizando en su galería y nos muestra otras fotos menos graciosas. Las capturó a principios de año, en Crimea. Rusia acababa de invadir Ucrania. Nos cuenta sus historias. Él termina su café y paga la cuenta. Los tres regresamos juntos al hostal, en el centro de Ramallah.
No lo puedo creer. Acabo de cenar con un verdadero fotógrafo de guerra.
Cuando era niño, cada noche vi la cobertura de Eduardo Salazar desde Irak, con las imágenes de Jorge Pliego.
En la prepa, me marcó Territorio Comanche, un libro que narra el trabajo de un periodista y su camarógrafo en las guerras de los Balcanes; escrito por Arturo Pérez-Reverte, basado en sus memorias y dedicado a su camarógrafo, José Luis Márquez.
Lloré la pérdida del reportero Couso en el Hotel Palestina.
Obligué a amigos a mirar conmigo The Bang Bang Club, incansablemente.
Me enamoré de la 5D con Hell and Back Again.
Consumí todo lo que pude de lo que nos dieron hombres y mujeres reporteros, fotoperiodistas y documentalistas desde Irak, Afganistán, Siria, desde cualquier lugar de la Primavera Árabe.
Quería ser camarógrafo de guerra.
Quería contar historias a través de mi lente en lugares de sufrimiento.
Ser un reflector de luz donde hay gente viviendo en la oscuridad.
Esa es mi pasión.
Ese viaje a Palestina era, indudablemente, el comienzo. Poco tiempo después, el Guionista —Dios— escribió para mi vida que yo le servía más en una guerra más intensa.
Hoy sé que no sostengo una cámara para mostrar la guerra, sino para anunciar el fin de ella. Para decirle al mundo, a través de un lente, que la oscuridad no gana. Que la historia no termina en el dolor. Que el Guionista ya escribió el último plano.
Mi pasión por contar historias a través de un lente, y ser ese reflector de luz en medio de la oscuridad, me ha llevado a lugares impensados en Asia, Medio Oriente, América y tantos sitios más.
Esa pasión de pulsar el obturador o el botón de REC. Esa pasión por la bendita cámara.
Una cámara que me ha dado trabajo, comida, amigos, historias. Un sentido a mi vida.
Hoy, más que nunca, hay que contar historias a través del lente. La guerra está pasando allá afuera y en nuestros propios corazones. Hoy que todos quieren consumir una historia, hay que crear más, para que la luz brille más fuerte en la oscuridad.
A todos aquellos que dedican sus cámaras a anunciar que Cristo viene pronto. A todos los que cuentan historias con ella, a todos los que la usan para dar voz a los que no la tienen…A todos ellos, feliz Día del Camarógrafo y Fotógrafo. ¡Esa pasión por la bendita cámara!
Reportera de campo: Lisandra Vicente, editora: Laura Marrero y Brenda Cerón.






