Foto de Gustavo Fring en Pexels

Casos exponenciales, gobiernos diseñando e implementando diversas estrategias intentando proteger a su gente, hospitales saturados, personal del área de la salud fatigado, comerciantes en bancarrota, familiares distanciados, lugares turísticos desolados, entre muchos otros escenarios desalentadores, fue el panorama que pintó el 2020. A nuestro vocabulario se sumaron palabras que estaban escondidas; pandemia, epidemia, coronavirus, cepa, gotículas, aerosoles, caretas, cubrebocas, gel antibacterial, entre otros; eran los básicos de las conversaciones. La palabra “vacuna” era lo que todos esperaban, ya que traería esperanza al mundo entero de acabar con la pandemia por Covid-19.

Ha pasado casi un año desde que el mundo entero empezó a angustiarse con la entrada de ese virus desconocido que rápidamente contagió a tanta gente y que tan sólo dos meses después, la Organización Mundial de la Salud declaró como pandemia. Desde el 31 de diciembre del 2019, cuando de acuerdo con datos de la OMS fueron alertados por un conglomerado de casos de neumonía en China, hasta el día de hoy, ha habido más de 77 millones de contagiados en todo el mundo y, lamentablemente, más de 1.5 millones de muertes por Covid-19.

Poco antes de que la OMS definiera al Covid-19 como una pandemia, el mundo entero añoraba la cura que daría esperanza a los casi 8 mil millones de personas que formamos parte del planeta tierra. Desde entonces, científicos de todo el mundo empezaron la carrera de investigación, ensayos y todo lo necesario para encontrar la sustancia que prevendría al mundo de este contagioso virus.

Científica Sarah Gilbert. Foto de BBC.com

Y así, empezaron las noticias de las vacunas, de las empresas que estaban metidas en proyectos de desarrollo, de las universidades que dedicaron a sus científicos para ese importante aporte al mundo. De entre tantas noticias, se dio a conocer a Sarah Gilbert, cuyos hijos (trillizos) se aplicaron voluntariamente la vacuna que Sarah desarrolla junto con 300 científicos en un proyecto de la Universidad de Oxford y AstraZeneca. Días después, se dio a conocer que Vladimir Putin, presidente de Rusia, había anunciado la creación de otra vacuna que incluso había sido probada en su propia hija.

Ya por empezar la tercer ola de contagio por coronavirus, en los dos últimos meses del año 2020, se hacían públicas las estrategias de vacunación que seguirían diversos países con la esperanza de poner fin a la pandemia que cambió por completo el mundo. ¡Y empezó la vacunación! Tan pronto como fueron autorizadas diversas vacunas, se definió el esquema de vacunación de diversos países, teniendo como prioridad al personal médico que ha estado frente a esta batalla.

De acuerdo con la doctora Soumya Swaminathan, científica jefa en la OMS, se necesita inmunizar entre el 60 y 70% de la población mundial para conseguir la “inmunidad de rebaño”, lo que en México significa vacunar a un aproximado de 88 millones de personas, esperando terminar aproximadamente en marzo del 2022.

Sin duda, la vacuna será un arma poderosa para combatir el virus enemigo; sin embargo, no es garantía de salud. Esta pandemia azotó un mundo acongojado por enfermedades crónico-degenerativas tales como la diabetes, hipertensión, padecimientos cardiovasculares, etc., para los cuales la “vacuna” siempre ha existido en la adopción de un estilo de vida saludable. Tomar agua pura, descansar-dormir entre 7 y 8 horas diarias, ejercitarse regularmente, recibir los beneficios de la luz solar, respirar aire puro, nutrirse adecuadamente y ser temperante, son remedios naturales que describen el modelo de salud de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, complementándose en su totalidad con la esperanza que Jesús da de un mundo renovado.

Ha sido un cambiante y complicado 2020, caracterizado por el virus que cambió por completo la forma de todo. El mundo se reinventó en términos de educación, de comercio, de hábitos regulares, de relaciones sociales, de trabajo, etc. Muchos se atemorizaron con tantos cambios y la vacuna se convirtió en el símbolo de la esperanza. En medio de todo esto, no olvidemos que -a pesar de todo- podemos confiar nuestra vida en Aquél que declara tener “planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza” (Jeremías 29:11), Aquél que “enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado” (Apocalipsis 21:4). Esa es la esperanza adventista de un mundo nuevo.