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Forjados para la eternidad

Cuando Dios transforma el carácter a través de los procesos difíciles.

Fotografía de Envato.
Fotografía de Envato.

Hay procesos que no se entienden mientras se viven. La disciplina duele, incomoda y a veces parece injusta, pero con el tiempo revela su propósito. Como nos recuerda el libro de Hebreos 12:11, ninguna corrección produce gozo inmediato, aunque termina dando un fruto de justicia en quienes se dejan formar por ella.

La historia de Moisés ilustra esa verdad. Cuando era apenas un bebé, fue rescatado de las aguas del río Nilo con un propósito mayor que sobrevivir. Creció con privilegios, educación y poder, pero su preparación no estaba completa. Lo que parecía la cima de su vida era apenas el inicio de un proceso más profundo que lo llevaría lejos de la comodidad y cerca del carácter que Dios quería formar en él.

Sin embargo, entre el rescate y el cumplimiento del llamado hubo un proceso largo, silencioso y doloroso. Ese proceso, en el desierto de Madián, fue la forja.

El desierto, más que un lugar de abandono, se convirtió en un taller. Allí aprendió a depender, a escuchar y a reconocer que el liderazgo no nace del talento sino de la rendición. 

A lo largo de la Escritura, el desierto aparece como espacio de transformación. El pueblo de Israel fue formado como nación (Éxodo 19:2), y ahí Dios permitió el hambre para enseñarles dependencia (Deuteronomio 8:3). En el silencio del desierto Elías oyó la voz divina (1 Reyes 19:4-8), y Jesús fue preparado antes de su ministerio (Mateo 4:1). Antes de cualquier misión pública, hubo un trabajo interior.

Pero la forja de Moisés no terminó allí.

La formación continuó a través de las personas difíciles. Las críticas, la ingratitud y la rebeldía del pueblo de Israel moldearon su carácter hasta convertirlo en un hombre manso, no débil sino fuerte bajo control, como describe Números. Aquello que pudo haberlo endurecido terminó puliendo su capacidad de interceder y responder con paciencia.

El punto más alto de su transformación ocurrió en la presencia de Dios. La cercanía con lo divino cambió su esencia hasta reflejarla en su propio rostro. No fue el poder ni la posición lo que lo marcó, sino la comunión constante.

La vida espiritual también sigue ese patrón. Lo eterno no se construye con prisa ni sin presión. Cada circunstancia que confrontamos, cada espera prolongada y cada desafío pueden convertirse en herramientas de formación. Cuando el proceso parece incomprensible, no es señal de abandono, sino evidencia de que el Maestro aún está trabajando.

“Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.” (Hebreos 12:11)

Esta reflexión fue compartida por Fernando Ico, estudiante de Teología que asumió el cargo de pastor principal de la Iglesia Universitaria durante el programa anual Universidad del Mañana, iniciativa en la que los alumnos graduandos desempeñan temporalmente funciones de liderazgo, docencia y administración dentro de la institución. El texto retoma ideas centrales presentadas en su mensaje a la comunidad universitaria.

Reportera de campo: Lisandra Vicente, editora: Brenda Cerón.

Laura Marrero

Autor
Coordinadora de Periodismo Institucional en la Universidad de Montemorelos.
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