Estudiantes de la UM cruzan fronteras para servir y aprender
Un grupo de jóvenes vivió una experiencia de voluntariado en África centrada en salud comunitaria, colaboración intercultural y servicio solidario.
Todo comenzó con una invitación. A partir del llamado del colectivo estudiantil Peace Campus Ambassadors, 18 estudiantes de la Universidad de Montemorelos, integrantes de Jóvenes Adventistas Misioneros (JAM), se prepararon para una experiencia que los llevaría fuera del campus y de su zona de confort. Del 2 al 19 de enero de 2026, participaron en un programa internacional de voluntariado en una región de África, enfocado en salud comunitaria, trabajo con universitarios locales y la mejora de un orfanato para niñas.
La experiencia no fue improvisada. Durante el semestre agosto–diciembre de 2025, el grupo inició un proceso de gestión de recursos que involucró a empleados universitarios, familiares y personas externas. Gracias a los apoyos, les fue posible reunir insumos para brigadas de salud preventiva y materiales para la rehabilitación de espacios. “Fue un proyecto construido paso a paso, con la confianza de muchas personas”, explica Ximena Rodríguez, estudiante de Educación Primaria e integrante de la directiva de JAM-kids.

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Ya en la comunidad anfitriona, los estudiantes establecieron vínculos con jóvenes de una universidad local para organizar una expo de salud. Las actividades incluyeron charlas educativas, atención básica y acompañamiento personalizado. Cada ponencia reunió en promedio a 50 estudiantes, mientras que por las tardes más de 200 personas acudían diariamente a las brigadas. Más allá de compartir información sobre hábitos saludables, el proyecto se convirtió en un espacio de encuentro y diálogo cercano.
El camino no estuvo exento de retos. Varios integrantes del equipo comenzaron a enfermarse de manera escalonada, lo que obligó a reorganizar tareas y apoyarse mutuamente para sostener las actividades. “Ahí aprendimos a cuidarnos entre todos y a no soltar lo esencial”, relata Yaretzi Cruz, estudiante de Ingeniería en Sistemas. En ese contexto surgieron conversaciones profundas con jóvenes locales interesados en hablar sobre valores, decisiones de vida y sentido personal, encuentros que los participantes describen como inesperados y significativos.
La segunda semana se centró en el trabajo en un orfanato para niñas. Junto con estudiantes locales, el grupo reparó muros, renovó espacios y pintó murales con mensajes visuales pensados para transmitir esperanza y bienestar. “Más allá del trabajo físico, lo que más se necesitaba era presencia y trato humano”, señala Rodríguez, destacando la disposición de la comunidad para sumarse sin esperar algo a cambio.
La convivencia diaria permitió un intercambio cultural constante…. Comidas compartidas, conversaciones sobre costumbres, música, lenguaje y formas de ver la vida. Ese proceso permitió romper estereotipos y construir lazos que continúan activos, incluso después del regreso, a través de la comunicación entre ambas comunidades.
La experiencia se suma a las iniciativas de voluntariado impulsadas por estudiantes de la Universidad de Montemorelos, orientadas al servicio comunitario y al trabajo intercultural en contextos internacionales. Al cerrar la estancia, los participantes coinciden en que el mayor impacto no se mide solo en lo construido, sino en lo aprendido. “Te das cuenta de cómo acciones sencillas pueden marcar una diferencia real, para otros y para ti”, comparte Yaretzi.
Reportera de campo: Lisandra Vicente, editora: Brenda Cerón.






