El 3 de diciembre fue declarado por la Asamblea General de las Naciones Unidas como el Día Internacional de las Personas con Discapacidad y, desde 1992 a la fecha, se han realizado programas en todo el mundo con el objetivo de sensibilizar al público en general sobre la importancia de la inclusión de las personas con discapacidad en todos los ámbitos de la vida como la educación, la salud y el empleo; evitando la desigualdad y promoviendo la accesibilidad.

Si bien, a lo largo de estos 28 años se ha logrado avanzar desde una sociedad que excluía y segregaba a las personas con diferentes condiciones de discapacidad a un mundo más inclusivo, todavía falta mucho camino por recorrer.

Muchos sectores, organizaciones y personas que se consideran inclusivos, en realidad no lo son y, en la práctica, sus esfuerzos alcanzan sólo a integrar en su entorno a las personas con discapacidad. Es por esa razón que debemos entender la diferencia entre dos términos que comúnmente se consideran como sinónimos pero no lo son: integración e inclusión.

  • Integración: es el acto de unir, incorporar y/o entrelazar partes para que formen parte de un todo (RAE). En este sentido, hemos sido capaces de integrar a las personas con discapacidad en nuestros entornos, pero siempre asignando un espacio especial para ellas o seleccionando el tipo de actividades que pueden o no realizar, de acuerdo a los estándares de normalidad que se nos han impuesto.
  • Inclusión: La idea de inclusión suele vincularse a la inclusión social, por lo que al considerar la definición de ésta, la RAE menciona que es “el principio en virtud del cual la sociedad promueve valores compartidos orientados al bien común y a la cohesión social, permitiendo que todas las personas con discapacidad tengan las oportunidades y recursos necesarios para participar plenamente en la vida política, económica, social, educativa, laboral y cultural, y para disfrutar de unas condiciones de vida en igualdad con los demás” (DPEJ).

La inclusión se da cuando las personas con discapacidad pueden acceder a los mismos espacios que los demás sin obstáculos que se lo impidan y son tratados igual que cualquier otra persona sin importar su condición. En un entorno inclusivo, la persona se antepone a su condición de discapacidad, por lo que puede ejercer todos sus derechos así como obligaciones. En este sentido, el entorno es el que debe adaptarse para permitir este hecho y no las personas al entorno.

Tristemente, no somos conscientes de que todas las personas en alguna etapa de la vida tendremos un tipo de discapacidad, por lo que los esfuerzos y contribuciones que hagamos para asegurar una sociedad incluyente nos beneficiará a todos. Según datos del INEGI 2016, solo el 11% de las personas con discapacidad nacieron así, mientras que el 41% fue a causa de una enfermedad, el 33% por edad avanzada y el 9% debido a algún accidente. El 53.3% de las personas con discapacidad tienen limitaciones para caminar y moverse, el 67.5% son personas entre los 60 y 84 años y el 45.1% tienen entre 30 y 59 años (INEGI 2018).

Viendo hacia el futuro, quiero imaginar un mundo donde nada impida desarrollarnos como personas, sin importar las diferencias que podamos tener; un mundo donde la diversidad de capacidades aporte valor. ¿Cuándo llegaremos a ser una sociedad realmente inclusiva? Cuando no sea necesario utilizar la etiqueta de “persona con discapacidad” porque todos los espacios físicos, económicos y sociales estén diseñados para que todos tengamos la misma oportunidad de acceso.

Ese es el sueño que de manera personal me impulsa a contribuir por un mundo más inclusivo y ayudar a crear un mejor futuro para mi sobrina, a quien les presento a continuación:

“Hola, soy Kris y tengo 13 años de edad. Nací con espina bífida y, aunque tengo una condición que no me permite caminar “normal”, no me considero una persona con discapacidad, pues no me siento limitada a hacer lo que quiero. Fue hasta que estuve en la primaria que me di cuenta de que era “diferente” a los demás por la manera en que camino y porque necesitaba más ayuda para hacerlo; también me di cuenta de que las personas a mi alrededor se me quedaban viendo, porque uso férulas para poder caminar. Pero mis amigos, mis compañeros de escuela y mis maestros, no me tratan diferente y nunca me he sentido excluida. Tampoco me tratan de manera especial, ¡no tienen por qué hacerlo! Así me siento cómoda con ellos. 
Lo que yo pediría a quien lea este artículo es que respeten los estacionamientos y cualquier otra zona exclusiva para personas con alguna dificultad física. En cuanto a mis intereses, me gusta mucho tocar el piano y quiero ser maestra de música. Me gustaría que la gente no piense que las personas con discapacidad no podemos hacer nada, tal vez sí batallamos un poco más pero, si nos lo proponemos, vamos a poder hacer todo lo que queramos… tal vez con un “poquito” más de ayuda pero ¡todo se puede!”