Egresado de la UM transforma la medicina en un proyecto de misión
La historia de Gibdel Wilson, médico costarricense que convirtió la adversidad en servicio global.
Hay historias que sorprenden no por lo extraordinario de sus logros, sino por la forma en que fueron construidas. La de Gibdel Wilson comenzó como la de cualquier joven soñando con ser médico, pero terminó convirtiéndose en un llamado profundo al servicio. Lo que no imaginaba aquel estudiante que llegó a Montemorelos a los 16 años, era que su camino lo llevaría a sanar en lugares remotos, enfrentar desafíos inesperados —incluidos los que cambiaron para siempre la manera en que veía el mundo— y encontrar en la misión su propósito de vida.
Wilson nació en Costa Rica, creció en una familia adventista y estudió en colegios del mismo sistema. Pero fue en 1988, cuando su vida tomó rumbo propio. Viajó a México para estudiar medicina en la Universidad de Montemorelos (UM). “Ni sabía que existía la universidad —cuenta—, pero investigué, presenté el examen, me aceptaron… y allá fui”.
Llegó con una maleta, pocos recursos y muchos sueños. Hubo temporadas en las que tuvo que pausar sus estudios para ahorrar y poder continuar, por lo que terminó la carrera en 1994. Pero hoy afirma que esa experiencia fue formativa. “Fui un estudiante pobre, pero aprendí a depender de Dios, de la comunidad y del servicio”. Y fue precisamente en la universidad donde descubrió que la medicina podía ser un ministerio, no solo una profesión. Los fines de semana, mientras muchos salían a pasear, él acompañaba a dos compañeros —John Yates y James Farrington— a brindar atención médica en comunidades vulnerables de Nuevo León, como Gatos Güeros. “Ese ejemplo despertó en mí el deseo de ser misionero”.
Al graduarse realizó su internado en Costa Rica y su servicio social en Tepozanes, Zaragoza, Nuevo León. Luego regresó a su país, donde ha trabajado por casi tres décadas como médico misionero, humanitario y especialista en gestión del riesgo de desastres. Eligió esa especialidad —dice entre risas— “porque me gusta la acción y no usar corbata”. Desde entonces ha acompañado a comunidades afectadas por terremotos, inundaciones, crisis sociales y pobreza extrema; ha servido en la Agencia Adventista de Desarrollo y Recursos Asistenciales, la Cruz Roja, la Comisión Nacional de Emergencias, organizaciones misioneras internacionales y múltiples brigadas médicas.
Pero su historia también enseña resiliencia. Mientras estudiaba en la UM comenzó a tropezar en la oscuridad sin saber por qué. Tras un accidente en moto, acudió al hospital donde le diagnosticaron retinitis pigmentosa y le advirtieron que eventualmente perdería la vista. En 1994 inició el proceso; en 2014 quedó completamente ciego. “Tuve miedo, me desanimé. Pensé que no tenía sentido especializarme. Pero entendí que, cuando uno se enfoca en lo que no tiene, pierde tiempo. Dios me recordó todo lo que sí tenía”.
Ese cambio de enfoque lo llevó a continuar estudiando, obtener una beca internacional, retomar el deporte —hoy es triatleta y campeón nacional de Costa Rica en la categoría T11— y crear OneLife, un ministerio que brinda atención médica gratuita, acompaña a comunidades indígenas y apoya el mantenimiento de perros guía en Costa Rica. Su creatividad también lo llevó más lejos. Tras el terremoto de El Salvador en 2001 comenzó a trabajar con títeres como herramienta terapéutica y preventiva. Su personaje, “Papelillo”, un médico de bata blanca, ha viajado por distintos países y ganado premios mundiales de la Unión Internacional de la Marioneta – UNESCO– por su impacto educativo y humanitario.
A lo largo de su carrera también ha sido docente, conferencista, rescatista aéreo, médico voluntario en organizaciones internacionales y profesor invitado de su alma máter. En su más reciente visita a Montemorelos, con motivo del aniversario 50 de la Licenciatura en Médico Misionero, no solo impartió clases especializadas, sino que dedicó tiempo a motivar a estudiantes que enfrentan dificultades. “Cada viaje debe tener un propósito. Si voy a algún país por un premio o de visita, aprovecho para servir. No quiero que la vida trate solo de recibir”.
Durante los festejos aniversarios de su carrera, sus compañeros de generación homenajearon su carrera de servicio misionero con una pequeña pero significativa ceremonia de graduación, ya que cuando egresó no pudo participar de los actos de graduación por dificultades económicas.
Hoy, tras 25 años de servicio médico misionero, Gibdel sigue entregando su única vida —como dice el lema de su organización OneLife— para cuidar la de otros. Lo hace con voz firme, humor, gratitud y una profunda convicción de que la verdadera excelencia profesional se demuestra cuando se usa para transformar realidades.
“Montemorelos me enseñó que estudiar no era para ser alguien, sino para servir mejor. Eso nunca lo olvidé”.
Como egresado, Gibdel recuerda que la preparación académica es apenas el punto de partida, lo demás se forja sirviendo.
Reportera de campo: Lisandra Vicente, editora: Brenda Cerón.






