Virtualidad vs Realidad
El ser humano fue diseñado por el Creador para vivir en contacto personal con nuestros semejantes y con el entorno que nos rodea.

Hay eventos o sucesos en la historia que son señalados, a veces precipitadamente, como indicadores de una nueva era o como capaces de dividir la historia de la humanidad en “un antes y un después”. Tal fue el caso del derrumbe de las Torres Gemelas de Nueva York en 2001, la llegada del hombre a la luna, la segunda guerra mundial, y un sin fin de eventos más que sin duda han dejado una impronta indeleble en el registro de las actividades humanas sobre el planeta. Pero, siendo honestos, en muchos casos la vida continuó con pocas variantes después de esos acontecimientos. Los ricos siguieron siendo ricos, los pobres igual; continuaron la avaricia, la búsqueda del placer, las desigualdades sociales, las guerras, las esperanzas y desilusiones, en medio de una constante incertidumbre por el mañana.
La pandemia actual de la Covid-19 también es candidata a recibir el honor de ser una que cambie para siempre la historia. Algunos alegan que el mundo virtual llegó para quedarse y que ya nada volverá a ser igual. No solo lo predicen, sino que en el fondo, algunos más lo anhelan. Ya no será necesario salir de casa para ir de compras, o para estudiar, ni siquiera para asistir al culto religioso de preferencia, pues en la red de Internet habrá muchas opciones para cubrir esas necesidades. En este fabuloso mundo virtual, las posibilidades parecen no tener fin.
Sin embargo, parece que estos futurólogos están pasando por alto un punto sumamente importante: el diseño. Es decir, el ser humano fue diseñado por el Creador como un ser social por naturaleza. Fuimos creados como seres relacionales para vivir en contacto personal con nuestros semejantes y con el entorno que nos rodea. Estamos hechos para sentir a través del tacto, no solo por la vista o el oído. Necesitamos abrazar y ser abrazados, tocar y ser tocados. Y la iglesia, en forma particular, funciona en este formato. La iglesia por definición es una comunidad de seres humanos que se congregan, presencialmente, para adorar y edificarse mutuamente. Llegamos a ser, en un sentido, un solo cuerpo, al reunirnos para la celebración litúrgica. Tal cosa no es posible alcanzar al estar sentado en solitario frente a la pantalla de un computador o cualquier dispositivo electrónico.
Si lo virtual pudiese sustituir a lo presencial o físico, Jesús y la Deidad hubiesen podido evitar todo el dolor de la crucifixión. Habría sido suficiente con permanecer en el Cielo y dirigir desde allá todo un programa a distancia y así evitar el cruento proceso de la cruz. Pero Jesús eligió “hacerse carne”, vivir presencialmente entre nosotros como uno de nosotros; hincó su tienda en medio del campamento humano y compartió la suerte de los hijos de Adán. Así logró salvarnos.
Es cierto, debemos ser precavidos y evitar los riesgos del contagio. Debemos cumplir con las normas de bioseguridad mientras estén a nuestro alcance. Pero, así como no se puede hacer un hijo a la distancia ni por WhatsApp, tampoco se puede hacer iglesia en la distancia. El consejo bíblico sigue en vigencia:
“Preocupémonos los unos por los otros, a fin de estimularnos al amor y a las buenas obras. No dejemos de congregarnos, como acostumbran hacerlo algunos, sino animémonos unos a otros, y con mayor razón ahora que vemos que aquel día se acerca.”
En cuanto nos sea posible, acudamos al templo, al lugar de reunión. No nos quedemos en casa. Hagamos iglesia.






