Sembrando semillas de esperanza
La inspiradora experiencia misionera de Sorina, desafiando percepciones y transformando corazones.
“Muchas veces creemos que el trabajo de los misioneros es en vano en ciertos lugares, pues incluso después de dedicar varios años al servicio, no se logran cambios notables para nosotros. Pero siempre los misioneros son un instrumento de bendición”, cuenta Sorina Voicu, orgullosa egresada de la Universidad de Montemorelos (UM), que ha sido misionera en cinco países, desafiando las nociones preconcebidas sobre el impacto de la labor misionera.
La travesía de Sorina comenzó siendo apenas una adolescente, cuando dejó a su madre y a su natal Rumania natal para aventurarse en Guyana, Sudamérica. Allí, en el corazón de la Selva Amazónica, se sumergió en el servicio misionero junto a su hermana y cuñado. Su misión: trabajar en un colegio y completar sus estudios de preparatoria. Un comienzo audaz para una vida dedicada a la misión.
Graduada y decidida a seguir su llamado misionero, Sorina se sumergió en un año de servicio en la región Amazónica como maestra en una escuela misionera. Este período reveló su verdadera vocación y determinación: enseñar no sólo matemáticas, sino también las verdades de la Biblia.
Como siempre había sido su deseo formarse como profesional en una institución adventista para aprender mejor cómo compartir el amor de Dios, en 2009 llegó a la UM y, después de seis meses de estudio del español, inició la Licenciatura en Enseñanza de las Matemáticas. Mientras escuchaba las experiencias de otros misioneros en los festivales de misiones, Sorina soñaba con el día en que estaría en sus zapatos.
Con su título en mano en 2014, Sorina se embarcó en su segundo viaje misionero, esta vez a Líbano. Allí, se convirtió en educadora para niños sirios refugiados, enseñando matemáticas, inglés y, sobre todo, compartiendo la luz de la Biblia en un contexto desafiante.
Cerca de finalizar su período de servicio en este lugar, una joven siria se acercó a Sorina para decirle que aunque estaba segura de que a Dios no le gustaban las guerras, “permitió que de esa forma saliéramos de nuestro país, para que mediante ustedes pudiéramos aprender quién es Él de verdad”. Sorina comprendió que no se trata de lograr múltiples bautismos, sino del impacto que se deja aunque sea en una sola persona.
En Tailandia, su siguiente destino, enfrentó un escenario único. Aunque estaba en un colegio adventista, el país era conocido como el “cementerio de los misioneros” por los pocos o aparentemente nulos resultados en cuanto a evangelismo a lo largo de los años. A pesar de los desafíos, Sorina comprendía que su misión era plantar semillas en los corazones de los cien niños que recibía en su aula de clases, sin importar su fe, que en su mayoría eran budistas y otras religiones orientales.
Muchos niños estudian en el colegio adventista desde el preescolar, por lo que sus conocimientos de teología son los mismos que cualquier niño adventista. “Constantemente los pequeños me hacían preguntas para conocer más de Dios y, aunque no veía los resultados de mi servicio a través de bautismos, sé que en el corazón de ellos quedó una semilla que tarde o temprano florecerá”, afirmó Voicu.
El regreso a Rumania, su tierra natal, marcó otra etapa crucial. Esta vez su influencia se centró en mejorar la educación adventista en Europa. Implementó cambios significativos en una escuela, introduciendo devocionales entre los maestros y contribuyendo a la apertura de un nuevo colegio adventista.
Después de una breve pausa para estudiar en Estados Unidos, en 2021 Sorina regresó al campo misionero, esta vez en Kirguistán, desafiando sus propias creencias al unirse a un colegio bautista. Aunque breve, su impacto fue profundo al enseñar la verdad del sábado a los maestros de la escuela mediante los lazos de la amistad.
Hoy, en España con su familia, Sorina reflexiona sobre su travesía misionera. Ha aprendido a vivir por otros, a despojarse de sí misma y a comprender que ningún lugar es un “cementerio de misioneros”. Su historia es un testimonio viviente de que, aunque los resultados no siempre sean inmediatos, la obra del Señor siempre dará frutos. En su corazón, la vocación persiste y, si Dios la llama nuevamente a la misión, Sorina responderá con la misma pasión y compromiso que la han caracterizado a lo largo de su increíble odisea misionera.
Fuente: Sorina Voicu, reportera de campo: Lili Pimentel, editora: Dámaris Salazar.






