La revolución no es algo fijo de una ideología, ni algo de una década en particular. Es un proceso perpetuo incrustado en el espíritu humano. (Abbie Hoffman)

El 20 de noviembre, en México, se conmemora el inicio de uno de los movimientos sociales más trascendentes de su historia: la Revolución Mexicana; considerada como una lucha de gran transformación y de estudio obligado, a la par de las revoluciones rusa y francesa.

¿Qué es lo que realmente conmemoramos este día los mexicanos? En primer lugar, conmemoramos los esfuerzos de aquellos grupos políticos que movilizaron a la población para oponerse al poder que se rehusaba a democratizar al país; también se recuerda la gran necesidad de una reforma agraria, la falta de educación, la injusta repartición de la riqueza y la negativa del presidente Porfirio Díaz a renunciar al poder. Todo esto condujo a que personajes como el coahuilense Francisco I. Madero impulsara una lucha que iniciaría el 20 de noviembre de 1910 para un cambio radical en el país.

La historia, aunque se antoja para su estudio como un proceso lineal, realmente es mucho más complejo que una sola sucesión de eventos. La revolución mexicana tuvo muchos rostros, liderazgos y diferentes resultados en el corto y mediano plazo. Aunque oficialmente los enfrentamientos armados y las luchas entre los diferentes bandos se dan por concluidos en 1921, aún en la actualidad sentimos los efectos de la lucha revolucionaria que sigue exigiendo justicia en muchos rubros de la vida nacional.

La fecha también sirve para aportar al imaginario social de todos los ciudadanos mexicanos, que diariamente se presentan como individuos que pueden y deben participar de la reconstrucción de un Estado que requiere del pronunciamiento de todas las voces posibles; asunto que es un claro eco del reclamo inicial de la revolución al querer deshacerse de la idea maligna de que existen los ciudadanos de segunda o tercera categoría y que no son dignos de participar en las decisiones de la vida nacional. Esa idea, ha costado más de un siglo que se discuta a través del diálogo y de la construcción de espacios ciudadanos cada vez más participativos e incluyentes, sin embargo, aún queda mucho por hacer.

Por definición, las revoluciones son fenómenos sociales que transforman radicalmente estructuras para dar paso a nuevos paradigmas de acción; pueden ser científicas, religiosas, industriales, políticas, económicas y de toda índole social, pero siempre muy necesarias para el continuo progreso de los grupos humanos. Actualmente, tanto en México como en la escena latinoamericana se están dando numerosos cambios sociales y políticos; y no necesariamente en transiciones pacíficas, debido a siglos de opresión, saqueo y corrupción. Sin embargo, el poder necesita de contrapesos para que no se convierta en un poder opresor que violente a aquellos a quienes debe servir.

Por ello, desde nuestras esferas de acción, antes de juzgar a quienes se entregan para mover la gran rueda de la historia, deberíamos apoyar en la medida de lo posible, ya que es un elevado ideal apelar por sociedades justas en donde los que menos tienen y los que son ignorados puedan sentir la reivindicación de su estatus social; así como se inició, hace ya 110 años, en un México que siempre ha perseguido un horizonte de progreso y justicia. Alcanzar a cumplir las demandas sociales es tarea de todos los que integramos una nación, al igual que apoyar a quienes empujan esos cambios; esa acción es precisamente lo revolucionario de las revoluciones.