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Hablar de milagros en la vida de Jesús, suena redundante. Todo su ministerio en la Tierra estuvo acompañado de diversos hechos sobrenaturales, inexplicables desde el punto de vista racional: devolvió la vista a los ciegos, hizo andar a los paralíticos, echó fuera demonios, calmó tempestades, y hasta resucitó muertos. Podríamos decir, casi sin temor a equivocarnos, que no pasaba un día en su vida sin que ocurriera algún milagro.

Cada milagro, sin embargo, tenía un propósito. No se trataba solamente de aliviar al sufriente, lo cual era parte del plan, sino de enseñar alguna lección asociada al milagro. Pero, sobre todo, eran la demostración incontrovertible de su identidad como Hijo de Dios, el Salvador de la humanidad. Así lo afirma el evangelio de Juan:

“Hizo además Jesús muchas otras señales (milagros) en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.” Juan 20:30–31

Al tomar nota de cuáles milagros serían registrados, seguramente los escritores de los Evangelios escogieron los más notables, los más resonantes o más importantes desde el punto de vista de la misión de Jesús. Cada uno hizo su propia selección, aunque los sinópticos comparten la mayoría de ellos. El evangelio de Juan es muy particular y en su selección de milagros, muchos no fueron mencionados por los otros escritores. Destaca especialmente el milagro portentoso de la resurrección de Lázaro. Hay razones sustentables para pensar que, quizá, sea este el milagro más notable en la vida de Jesús. Veamos por qué…

El relato se encuentra en el capítulo 11 de Juan y se extiende su comentario hasta la mitad del capítulo 12. Es uno de los milagros cuyo relato es más extenso, junto al del ciego de nacimiento (Juan 9). La sola extensión del relato habla por sí mismo de la importancia que el escritor le da. Por otro lado, el milagro ocurre en un momento coyuntural de la vida de Cristo: está por terminar su ministerio y pronto será llevado a la cruz. De hecho, el milagro desata los eventos finales. Aunque el propósito del mismo es alimentar la fe de los testigos del hecho (v. 42), en sus enemigos produce el efecto justo contrario: el mismo día que supieron del milagro, decidieron acabar con su vida (v. 53). En otras palabras, este milagro define las posturas de la gente: unos afirman su fe en él, otros, afirman su enemistad hacia él. Es tanto así, que el evangelio asegura que, por causa de la resurrección de Lázaro, mucha gente vino a Jerusalén no solo para ver a Jesús sino también para ver al resucitado (12:9) y, por causa de ese milagro, se unieron a los seguidores del Mesías (12:11). “El mundo se va tras él” fue la conclusión angustiosa de sus enemigos (12:19). Es por ello que los dirigentes religiosos judíos toman una decisión drástica: ¡Lázaro también debe morir! (12:10).

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Aunque el relato de este poderoso milagro no aparece en los demás evangelios canónicos, hay un dato curioso que no debe ser pasado por alto. En Lucas 16:19–31, aparece la famosa parábola del rico y Lázaro. Es más que curioso el hecho de que, por primera y única vez, un personaje de las historias de Jesús tiene nombre propio. Y no es cualquier nombre. En la parábola, el rico en medio de su sufrimiento infernal, suplica para que alguien que regrese de entre los muertos, vaya a predicarle a sus parientes de modo que eviten el tormento que él mismo está padeciendo (16:30). ¡Y resulta que ese que puede salir de entre los muertos se llama justamente Lázaro! No puede ser casualidad.

Es obvio que los relatos están conectados, tanto el milagro real de Juan, como el relato basado en creencias populares de Lucas. El mensaje es muy claro: la fe del creyente debe estar basada en la Palabra de Dios y no en milagros. Cuando la fe no tiene este soporte, el milagro puede ser rechazado y producir el efecto contrario, tal como sucedió con los dirigentes judíos. En segundo lugar, el tiempo transcurrido entre el nacimiento y la muerte, es el único que disponemos para tomar una decisión por la vida eterna.

Finalmente, cabe destacar que el milagro de la resurrección de Lázaro establece definitivamente el poder de Cristo sobre la muerte y ancla firmemente la esperanza del cristiano en la vida eterna. “Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque esté muerto vivirá” afirmó el Redentor frente a la tumba silente (Jn. 11:25). Es verdad que no fue el único muerto resucitado, pero hay un detalle notable en la resurrección de Lázaro: ya tenía cuatro días de haber fallecido (Jn. 11:39). Algunas personas creían que el espíritu de la persona fallecida, vagaba por los contornos hasta el cuarto día después del deceso. Si ocurría la resurrección antes de eso, podría alguien decir que simplemente el espíritu había regresado al cuerpo. Pero, en el caso de Lázaro, esto estaba descartado. ¡Solo el poder de Dios podría haber hecho el milagro!

Lázaro volvió a morir. No sabemos cómo ni cuándo, pero volvió a morir. Pero un día, Jesús llamará de nuevo a Lázaro a la vida para no morir jamás. Y no solo a él, sino a todos los que han muerto en Cristo a través de toda la historia. Amén.