Dirigido por la oración
Conoce cómo la oración ha sido fundamental en la vida del Mtro. Raúl Rodríguez, profesor de Matemáticas, Estadística e Investigación en la UM.

Provengo del estado de Veracruz y, aunque nací en una familia que era muy católica, mi madre se bautizó en la Iglesia Adventista cuando yo era un adolescente. La forma en que mi mamá conoció el evangelio yo diría que fue milagrosa, ya que fue mediante un sueño que ella vio el edificio de la iglesia adventista del pueblo y entendió que era un mensaje de Dios, por lo que buscó este lugar y comenzamos a asistir a esa iglesia. En esa época yo tenía unos 6 o 7 años pero, aunque seguimos asistiendo a la iglesia y mi madre se bautizó unos años después, mis hermanos y yo no quisimos hacerlo porque teníamos amigos que no eran adventistas. Finalmente, producto de la oración de mi mamá, yo me bauticé a la edad de 20 años.
Mi madre ya falleció, pero me contaba que cuando era niño tuve una enfermedad muy grave que me hizo estar al borde de la muerte, pero como ella y mi papá eran personas de mucha fe, me pusieron en las manos de Dios mediante una cadena de oración, junto a hermanos de otras denominaciones cristianas y también junto a hermanos de la iglesia adventista a la que comenzábamos a asistir. Y, después de una noche crítica en la que le dijeron a mi mamá que me quedaban tan solo unas horas de vida, pude recobrar la salud gracias a Dios y a todas las oraciones realizadas en mi favor. Esa experiencia, que yo apenas recuerdo por la corta edad que tenía, realmente fue fortaleciendo en mí una fe en Dios y en que cumple sus promesas.
Para mí, la oración ha sido una brújula en el camino que me ha guiado en muchas pruebas. Desde mi juventud yo tenía el sueño de convertirme en ingeniero, dado que esa era mi pasión y me iba bien en las matemáticas. Mi educación básica fue en una escuela técnica y, posteriormente, comencé a estudiar Ingeniería en el Tecnológico Regional de Minatitlán, ubicado al sur del estado de Veracruz. Aunque mi sueño era estudiar en el Tecnológico de Monterrey, ingresé a la otra escuela y durante un año asistí a las clases, hasta que comencé a tener dificultades; comenzaron a poner exámenes, clases y prácticas en sábado y, aunque aún no me había bautizado, ya asistía más regularmente a la iglesia adventista y tenía amistad con los jóvenes de ahí, por lo que verdaderamente quería guardar el sábado y no quebrantarlo.
Pero esta situación académica me puso en una encrucijada, ¿qué hacer? Y lo puse en oración: “Si es tu voluntad que yo continúe en esta escuela, por favor haz que se puedan acomodar las cosas, que puedan mover los exámenes o las clases…” Pero eso no pasó y tuve que dejar la escuela. Algunas veces pensaba en que Dios no me había contestado o no me había querido ayudar, por lo que dejé de estudiar ese año y me puse a trabajar para ahorrar y poder continuar mi sueño de estudiar Ingeniería, terminar mi carrera de Mecánica Eléctrica. Sin embargo, un tiempo después me encontré con unos jóvenes amigos que estaban estudiando en Montemorelos y me platicaron muy entusiasmados cómo era estudiar ahí, creando en mí el deseo de poder estudiar también en Montemorelos. De nuevo, puse mis planes en oración (tenía poco menos de 20 años), oré fervorosamente y entonces tuve una respuesta. Logré juntar en un año la cantidad de dinero necesaria para poder comenzar la aventura de irme a la Universidad de Montemorelos.
La oración me fortaleció mucho en esos momentos, pues pensé que si Dios no había permitido que yo continuara estudiando en el Tecnológico de Minatitlán y me estaba llevando a Montemorelos, algún plan tendría para mí. Para ese entonces, yo nunca había pensado en ser maestro, pues mi pasión siempre fue la ingeniería, pero la UM en ese tiempo no ofrecía ninguna carrera de ingeniería y lo más parecido era la carrera de Educación enfocada en física y matemáticas, por lo que eso fue lo que comencé a estudiar. No me fue difícil, ya que tenía la experiencia del año de estudios de ingeniería, así que pude avanzar bien.
En ese entonces yo tenía muy claro que no quería dedicarme a ser maestro, por lo que mi plan al terminar la carrera era estudiar un posgrado en Ciencia, incluso ya había buscado una escuela en la ciudad de Monterrey; pero de nuevo puse mis planes en las manos de Dios. Poco después, me llegó un llamado para trabajar como maestro de secundaria en la escuela ISAR ubicada a un lado de la Universidad de Montemorelos, pero lo rechacé porque me negaba a ser maestro, eso no estaba en mis planes. Después, me llegó otra oportunidad por parte de la Mtra. Juliaemy de Flores, quien era la directora de Educación en ese tiempo. Ella me invitó a trabajar en la Ciudad de México, supliendo por un mes y medio a un maestro de matemáticas que había renunciado, mientras yo tomaba la decisión de qué hacer después. A mi parecer, yo iba por un mes y medio y, nuevamente, puse mis planes en manos de Dios para que Él me guiara: “Voy a servir este tiempo en la escuela de iglesia, pero yo quisiera estudiar el posgrado en ciencia, por favor que se haga tu voluntad”. Y, desde 1990 hasta la fecha, ¡sigo siendo maestro! A partir de ese día Dios me fue guiando. Claro que tuve muchas luchas al comenzar como maestro pues yo no quería ser docente, oraba constantemente al Señor para que me mostrara el camino para poder seguir y confiaba en que Dios me ayudaría, pues ya había tenido muchas experiencias de oración desde que era estudiante.
Siempre quise ser ingeniero y “se me negó” esa oportunidad, por lo que durante mucho tiempo me pregunté por qué razón Dios no me lo permitió. Ahora, ya con bastante tiempo de reflexión y de experiencia docente -incluso como maestro de ingenieros en la Facultad de Ingeniería por casi 20 años- entiendo que Dios tenía otro plan para mí y que me guió en el camino que era mejor. Ahora puedo decir que he disfrutado mucho el ser maestro, que la convivencia con los estudiantes me ha vitalizado. Uno pide cosas a Dios pero Él te da lo que sabe que va a ser mejor para ti, aunque no siempre lo entendamos así o aunque pase mucho tiempo para cuando nos demos cuenta, como en mi caso que pasaron 25 o 30 años. Debemos confiar en que Dios nos dirige siempre por el mejor camino.
*Esta historia fue adaptada de la entrevista realizada al Mtro. Raúl Rodríguez en el programa Un momento de paz. Si quieres ver el programa completo puedes hacerlo aquí.






