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¡Cuidemos la tierra… no la destruyamos!

El 22 de abril de 1970, la sociedad estadounidense celebró el primer Día de la Tierra. Descubre qué fue lo que motivó este festejo.

Foto de Nothing Ahead en Pexels
Foto de Nothing Ahead en Pexels

El 12 de abril de 1961, el cosmonauta soviético Yuri Gagarin, al realizar el primer vuelo alrededor del planeta, se convirtió en el primer ser humano en apreciar la curvatura de la tierra, desde unos 320 km de su superficie. Mientras orbitaba el planeta a bordo de la nave Bostok I, la emoción de Gagarin fue tal que exclamó: “La tierra es azul, qué maravillosa, es increíble”.

Este primer vuelo a través de la estratósfera tuvo una duración de 108 minutos, durante los cuales este joven científico inició el cumplimiento del deseo humano de conquistar el cosmos. La vista de la curvatura terrestre en el trasfondo de la oscuridad cósmica, lo impactó de tal forma que, después de su viaje, hizo un llamado a proteger al planeta, sus memorables palabras fueron: “Dando vueltas a la Tierra en mi nave espacial orbital me maravillé de la belleza de nuestro planeta. Pueblos del mundo, protejamos y aumentemos esa belleza, no la destruyamos”.

El 22 de abril de 1970, casi exactamente nueve años después de que este vuelo espacial revelara la belleza de nuestro planeta, la sociedad estadounidense, alarmada por los daños sin control sobre el medio ambiente, celebró el primer Día de la Tierra. No obstante, fue hasta el año 2009 cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas declaró oficialmente la celebración del Día de la Tierra el 22 de abril de cada año, con el objetivo principal de invitarnos a reflexionar y tomar acciones para mejorar la relación que como especie humana mantenemos con nuestro entorno.

El Día de la Tierra del año 2021, encuentra al planeta y a sus habitantes enfrentando condiciones adversas. Quizá, una de las más graves, sea la pandemia del COVID-19, que hasta hoy ha cobrado la vida de más de 3 millones de personas alrededor del mundo, dejando una profunda secuela de tristeza y dolor por la pérdida de familiares y amigos. Esto, sin contar sus daños colaterales en todos los sectores de la sociedad, desde los niveles global, familiar y personal. Tales hechos nos muestran, además de la vulnerabilidad de la especie humana y del planeta frente a amenazas de dimensión global, lo que ocurre cuando perturbamos el delicado equilibrio existente entre los diferentes ecosistemas terrestres.

Foto de Artem Beliaikin en Pexels
Foto de Artem Beliaikin en Pexels

Otro gran problema que enfrentamos es la contaminación de los mares, que cubren alrededor del 75% de la superficie terrestre. Gracias a la gran capacidad calorífica del agua, los océanos constituyen el principal termorregulador del planeta, permitiendo que la temperatura global promedio permanezca dentro de los límites compatibles con la vida. Sin embargo, ahora la basura marina, sobre todo la abundancia de desechos plásticos, es una crisis silenciosa que afecta gravemente, no sólo a los ecosistemas marinos, sino al planeta como un sistema complejo. Según algunos estudios, entre el 15% y el 40% del plástico producido en el mundo se desecha en los mares. Los investigadores del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) argumentan que, en el año 2013, al menos 6,4 millones de toneladas de basura acababan en el mar; no obstante, durante el año 2020, esa cantidad se elevó hasta más de 8 millones de toneladas.

Estas y otras situaciones adversas que enfrentamos, como la contaminación de la atmósfera y del agua para consumo humano, el agotamiento de los bosques causado por la tala irracional o por voraces incendios (que muchas veces por descuido humano consumen miles de hectáreas de zonas verdes), además del calentamiento global y el cambio climático, nos hacen recordar las palabras del Apóstol Pablo cuando dijo: “Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una sufre dolores de parto hasta ahora.” Romanos 8:22. Si esta situación de sufrimiento en la naturaleza ya existía en sus días, ¿qué podemos esperar casi 2,000 años después?

No olvidemos que, como especie humana, somos llamados a ser mayordomos de la naturaleza, esta responsabilidad debe ser ejercida no sólo el próximo 22 de abril, sino debiese ser parte integral de nuestro estilo de vida. Por tanto, reflexionemos y tomemos decisiones sabias, encaminadas a aliviar el sufrimiento de la creación.

Luciano González

Autor
PhD. Director del Instituto de Investigación en Geociencia para la División Interamericana con base en la Universidad de Montemorelos.
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