¿Cómo debe ser la vida cristiana?
No basta con hablar de Jesús, tenemos que vivir una experiencia diaria con Él, para ser coherentes entre lo que vivimos y predicamos.

En Hechos de los Apóstoles 2:14–47, se relata la dinámica con la que vivían los apóstoles y primeros cristianos. Lo que destaca de esta dinámica es la seguridad con la que hablaban y es que hay dos características muy importantes:
1. Estaban plenamente convencidos del mensaje: Los discípulos hablaban desde una plataforma tan real que no importaba si les creían o no, pues ellos estaban completamente seguros del mensaje. Hay una gran diferencia entre decir: “Yo creo que es así” y “¡Yo sé que es así!”, la diferencia es si lo has vivido o no. El poder de la testificación de los apóstoles radicaba en su experiencia.
2. La unidad: Se hace mucho hincapié en la unidad que se vivía en estos inicios de la era cristiana. Nunca es fácil la unidad de una comunidad, pero tampoco les fue muy difícil, ya que todos estaban enfocados en un mismo propósito. Lo que predicaban y enseñaban era lo mismo que platicaban entre ellos. La coherencia entre su estilo de vida y lo que enseñaban era muy evidente.
No me gusta hablar del éxito de algún proyecto usando los números como única medida de este, los números son engañosos porque nuestra mente está corrompida con la competitividad de este mundo. Dicho esto, la conversión de 3,000 personas en un discurso es muy apelante; pero, más allá de los números, las evidencias que más apelan a actuar en favor de una misión son: la convivencia, el estilo de vida, la amistad, el propósito y la esperanza. Todos volteando hacia el mismo lugar, todos compartiendo sus bienes para que la llama que se encendió de Jesús continuara ardiendo aún hasta hoy.
Este mundo nos impulsa al individualismo… a buscar lo mío, a estar bien yo; totalmente contrario al ejemplo que nos dejaron nuestros primeros hermanos. A veces nos preguntamos el por qué nos falta motivación, el por qué nos cuesta tanto estar alegres, el por qué vivimos sin satisfacción. Bueno, nosotros hemos sido creados para vivir en unidad, a vivir para el bien común, vivir una vida desinteresada… y este estilo de vida solo se encuentra en Jesús. Si queremos que nuestro mensaje tenga poder, no basta con hablar de Jesús, tenemos que vivir la experiencia con Él, para que exista esa coherencia entre lo que vivimos y predicamos. No hay mayor poder de convencimiento que ser capaces de vivir lo que predicamos.
Si no tenemos a Cristo en el corazón, ¿cómo pretendemos compartirlo? Si queremos compartir a Cristo sin tener una experiencia real con Él, lo único que estamos haciendo es filosofar en ideas y desarrollar el arte de argumentar con el simple objetivo de ganar un debate. El mensaje de Cristo se tiene que poder vivir y compartir a partir de una relación real y dependiente Él. Y, la primera evidencia de esto es una comunidad unida, desinteresada en el “yo” y viendo por el bien común para el avance de este mensaje de esperanza.
Editora: Laura Marrero y Brenda Cerón.






