Durante el año 2020, la Organización Mundial de la Salud (OMS), declaró pandemia la epidemia del COVID-19. En el momento de la declaratoria, existía presencia del virus en 114 países, con más de 118,000 casos y 4,291 personas fallecidas. Para el 13 de julio del 2020, se contaban más de 12.9 millones de casos confirmados y más de 571,000 muertes relacionadas con el virus a nivel mundial, siendo Estados Unidos el país con más afectados; con más de 3 millones de contagios confirmados.

Sin duda, estos eventos han hecho reflexionar al mundo sobre las prácticas contemporáneas con relación a los hábitos de salud y, por supuesto, sobre cómo el espacio se ve afectado por estos. Es común, a raíz de estos eventos, mirar noticias con imágenes de personal de limpieza desinfectando y aseando a profundidad espacios públicos, así como también se puede observar en las tiendas escasez de productos de limpieza.

Este fenómeno no llamaría tanto la atención si no fuera por su impacto global y la psicosis social que han provocado, en parte, las redes sociales; en la propagación de la información precisa combinada con información parcial, desproporcionada o apócrifa, pero también por estudios científicos que hablan de un problema real y de graves consecuencias. En diversos medios se dice que esta situación está más allá del control de los gobiernos y las autoridades sanitarias, haciendo evidentes sus limitaciones en el manejo de la situación.

El modo de habitar nuestro planeta y la forma en que damos configuración a los espacios desde la elección de materiales de construcción, uso de diversas técnicas constructivas y a través del diseño para la disposición de los espacios, están directamente relacionados con la calidad salutogénica del ambiente en el que desempeñamos día a día nuestras múltiples actividades, tanto las productivas como las recreativas.

Aaron Antonovsky acuñó el término salutogénesis para referirse a la relación entre la salud, el estrés y el bienestar. En 2009, Alan Dilani escribió un artículo sobre el diseño de espacios físicos desde la aproximación del concepto de salutogénesis. En su escrito, menciona que por décadas el diseño de edificios fue influenciado por las sociedades industriales. Con este enfoque industrializado, los resultados en la calidad espacial del diseño de los hospitales a menudo olvidaban las necesidades psicológicas, sociales y espirituales de las personas. Se debe recordar que la industrialización trajo consigo un pensamiento enfocado más hacia las ciencias exactas que a las sociales, como objeto de estudio.

Tradicionalmente, el concepto de espacios de salud se ha asociado a los hospitales, clínicas y sanatorios como tipología arquitectónica, y con un enfoque más curativo que preventivo. Sin embargo, sucesos como la pandemia actual, han hecho que se replanteen los principios sobre los que se ha construido el concepto de bienestar o salud. Cada vez es más común entender que las relaciones sociales, la vida espiritual y el bienestar mental de las personas son parte de los factores que proveen una buena salud. Tal forma de pensamiento va más allá de los muros de los edificios dedicados a la salud, poniendo otras tipologías para su análisis y diseño sobre la mesa.

Entender el rol del arquitecto y de todas las profesiones afines al diseño del espacio, como protagonistas en la configuración de entornos salutogénicos más allá de contenedores de actividades deshumanizadas, es de vital importancia para el desarrollo pleno de la sociedad contemporánea. En este sentido, se han hecho avances importantes desde el siglo pasado en el desarrollo de un pensamiento ecosófico, es decir con una búsqueda de sabiduría para habitar el planeta en el que vivimos. Un ejemplo de esto es el énfasis en los principios de sustentabilidad y sostenibilidad que han permeado en todos los saberes humanos contemporáneos.

Por otra parte, el dimensionar un espacio saludable, no solamente como un ambiente libre del “99.99% de las bacterias”, como rezan las etiquetas de muchos productos de limpieza, sino verdaderamente como espacios donde converjan la salud física, mental, social y espiritual, permitirá que el diseño arquitectónico y urbano rompa los paradigmas y moldes actuales, y proponga soluciones realmente integrales a los problemas de habitabilidad contemporáneos.

Para los editores de la revista TANGIBLE, nos es pertinente además poner énfasis en que existe una revelación de principios rectores de salud que pueden ser aplicados como criterios para el diseño de estos espacios. ADELANTE (NEWSTART por sus siglas en inglés), es un acróstico de un programa promovido por la Iglesia Adventista del Séptimo Día, que fomenta la prevención y el mantenimiento de la salud a través de ocho principios básicos para la salud: Aire puro, Descanso suficiente y de calidad, Ejercicio físico adecuado, Luz natural (solar), Agua pura, Nutrición saludable, Temperancia (abstinencia de lo malo y uso moderado de lo bueno) y Esperanza en Dios.

El equilibrio en el diseño arquitectónico ha sido asociado a los principios vitruvianos de utilidad, belleza y firmeza. Clorindo Testa, arquitecto italiano, decía: “La arquitectura siempre refleja el espíritu de su época. No se puede decir que lo que hicieron los arquitectos del Renacimiento es mejor de lo de ahora. Cada una refleja a la humanidad en su momento”. Se pueden plantear entonces al menos tres preguntas: ¿qué valores de la humanidad estamos reflejando como arquitectos? ¿existe arquitectura actual que tome implícita o explícitamente este nuevo paradigma de espacios salutogénicos? ¿constituye tal desafío una responsabilidad colectiva o individual en la profesión?

Esperamos que en los artículos de esta revista online puedas introducirte a una nueva visión respecto a los espacios de salud, desde una perspectiva transdisciplinar y salutogénica, en la que cada quién desde su experiencia pueda reflexionar en las oportunidades de cambio, para romper inercias del pasado y asegurar un mundo mejor para el futuro a partir de las decisiones del presente.