"Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie." Giuseppe Tomasi di Lampedusa

La constante histórica de la humanidad es el cambio. Al pensar en la realidad que se construye todos los días, damos por sentado que la percepción que ejercemos sobre el mundo es la que gobierna de manera general en la vida de otros, sin embargo, no cuesta mucho caer en cuenta que en lo único que somos iguales es que somos diferentes y, por lo tanto, los mundos que proyectamos son muy diferentes entre sí.

Partiendo de esa idea, lo que más nos ha costado trabajo digerir de esta situación pandémica es el presenciar cómo una supuesta realidad dada y determinada por nuestros sentidos (llamada "normalidad"), de golpe fue puesta en pausa, obligándonos a comenzar a ver la vida pasar por las ventanas de nuestros hogares.

¿Cuándo terminará todo esto? ¿Sobreviviremos al paro social y económico? ¿Cuándo las agendas pospuestas serán ejecutadas? ¿Es tan mortal el virus como se dice? ¿Será todo esto un invento mediático de tintes políticos? Estas son sólo algunas de las interrogantes que, desde la ansiedad del aislamiento, nos mantienen en alerta sumándonos desventaja frente al insomnio que como humanidad compartimos ahora. Pero una cosa es cierta, el mundo cambió y no volverá a ser el mismo, al menos en los términos que interpretábamos.

Es sumamente humano establecer patrones, rutinas y vivencias recurrentes para otorgarnos estabilidad, por ello el paradigma de una pandemia que nos desestabiliza el mundo social nos deja indefensos ante los escenarios futuros; pero no es la primera vez que la situación de un cambio se hace inminente, por ejemplo, las dos guerras mundiales, los ataques del 11 de septiembre en Estados Unidos, la caída del muro de Berlín, la Guerra Fría, todos fueron eventos que hicieron girar la rueda de la historia para transformarnos y configurarnos como grupo.

...¿Qué oportunidades de transformación social surgirán de esta situación? Habrá que señalar un par de ellas, tratando de ser objetivos sin romantizar la precariedad que el mundo está por experimentar. En primer lugar, se ha podido comprobar que lo más valioso que tenemos como especie es el sentido de colectividad y el establecimiento de vínculos. Al mirar imágenes alrededor del mundo de las grandes ciudades detenidas, las plazas vacías y las actividades de entretenimiento clausuradas, la certeza de que existe la necesidad de sentirnos parte de un grupo ha quedado sin discusión, así como también se ha demostrado la importancia de apoyarnos en los estados de emergencia. De igual forma, la valoración de los vínculos de vida ha quedado manifiesta, ya que al final, son esos vínculos los que llenan de significado la pálida existencia del ser humano. En ese marco, la sociedad civil se ha movilizado para apoyar a los más vulnerables frente al enemigo invisible. Y justo esa es una de las cualidades más sobresalientes que poseemos y que nos han permitido dominar el planeta como especie hegemónica: la capacidad de empatizar y sostener a aquellos que se vean incapacitados frente a la adversidad... no acostumbramos a abandonar al débil.

En segundo lugar, ha quedado apuntalada la idea de que otro mundo es posible. De manera emergente, nuevas formas de organización, de pensar el día a día, de gestionar el trabajo, la educación, los recursos y todo espacio que llenamos de sentido, han dado paso a una resignificación estructural. La tecnología también ha jugado un papel importante y hasta comenzamos a sentir que la virtualidad es el espacio más "seguro" que poseemos en la actualidad. Por otro lado, es innegable pensar que el mundo natural dio un respiro con nuestra pausa y que, al final, la plaga parece ser la especie humana. La posibilidad de ver cambios reales en el medio ambiente ha quedado documentada, permitiendo que las posibilidades de frenar el deterioro de este mundo sean posibles y no queden solo buenas intenciones que nunca se llegan a concretar.

La resistencia al cambio es habitual, pero nuestra historia es la historia de un cambio constante, de un derrumbe para un renacer, de un holocausto para un reverdecer. No será fácil, pero nuestro objetivo no debe ser recuperar una "normalidad" que ya ha pasado a la historia, los ajustes se comienzan a sentir en todos los ámbitos y la sensación de unión debe ser presente y real.

Toda esta situación de aislamiento que ahora vivimos y observamos por los teléfonos inteligentes, no debería traducirse en ausencia o negación de la empatía, o en una excusa para entrar en estados de histeria y amarillismo (derivados del consumo de fake news que alimentan las posverdad mediática), ya que ese camino nos pone en otro escenario negativo en el que podemos provocar pensamientos y acciones de exclusión y discriminación.

La necesidad de matices se hace presente en este distanciamiento y, contrario a lo que muchos podrían pensar, es este el momento de hacer relevantes los contenidos de colaboración, solidaridad, empatía y cooperación para mitigar los efectos negativos -socialmente hablando- que la pandemia colocará como desafíos a la humanidad del siglo XXI.

Estamos ante una oportunidad para resignificar -otorgar un nuevo sentido- a la relación del individuo frente a su grupo. La reflexión que le sumamos a cada día que sobrevivimos, alimentará un discurso social que puede ayudarnos a cambiar las acciones que como sociedad nos han llevado a ser egoístas y pensar sólo en nosotros mismos, confeccionando un imaginario social más humanitario que nos capacite ante la adversidad.

Ya hace más de dos mil años, Jesús de Nazaret (nuestro creador, intercesor y salvador), mencionó las siguientes palabras documentadas en el capítulo 14 del libro de Juan: "No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mi"... El temor ante el cambio y ante aquello que se presenta como incierto y desconocido es parte de la experiencia humana pero, de la mano de esta condición, también poseemos la capacidad de reconstruirnos desde la adversidad, así como de apoyar a quienes en el momento más oscuro requieran de un par de manos para afianzar su camino.